Bienvenida! Bienvenido!

Los niños de hoy necesitan la naturaleza: estar al aire libre al menos tanto tiempo como el que pasan en espacios cerrados.
Si te consideras una persona "amiga de los niños": madre, padre, educador/a, hermano, tía, abuela, vecina... Estás convencida que la interacción directa con la vida es un derecho fundamental de la infancia...Y te dispones a implicarte para conseguirlo... Bienvenida!!!!!!!! Bienvenido!!!!!!

martes, 7 de abril de 2015

ENSEÑAR A DESOBEDECER



Tal vez como resultado de nuestra historia, y de la cultura latina, la sociedad española es excesivamente protectora con sus hijos. “Están infantilizados” afirma Lorenzo Urbano, uno de los investigadores de la Universidad Rovira i Virgili que evaluaron el grado de madurez de los jóvenes españoles y descubrieron que no empiezan a ser realmente autónomos y responsables ¡hasta los 27 años!. Los pésimos (aunque cuestionables) resultados en las pruebas PISA de resolución de problemas (23 puntos por debajo de la media europea), apuntan también a una dificultad endémica para tomar iniciativas y ser creativos. 
Y muchos profesores como la  filósofa Marina Garcés, se inquietan por la excesiva dependencia que observan entre sus alumnos, perfectos ejecutores de instrucciones, siempre ávidos de indicaciones precisas, pautas y modelos. Más allá del miedo y los hábitos sociales, Garcés se pregunta por la forma en que familia y escuela cultivan una obediencia que destruye la capacidad de pensar de forma crítica, de asumir riesgos y tomar decisiones propias. Y constata que en parte es debido a la forma en que nos relacionamos y transmitimos los conocimientos, un estilo más heredero de la escolástica que de una auténtica tradición ilustrada. Es cierto que aún se imparten muchos contenidos de manera exclusivamente teórica y dogmática, como si fueran verdades absolutas; que aún se exige memorizar y se persigue el error como si de un cisma se tratara… ¿Cómo podríamos liberarnos del “sesgo autoritario” que continúa impregnando nuestra cultura? Desde mi punto de vista, una buena opción sería ofrecer a los estudiantes la posibilidad de elegir tanto aquello que desean aprender, como la forma en que quieren aprenderlo. Un alumno que decide asistir a una lección magistral sobre por ejemplo, los reyes godos, se convierte en sujeto activo de su aprendizaje: no ha tenido que acatar el mandato arbitrario de otra persona, ni se ha visto forzado a adquirir unas determinadas capacidades. Por tanto, puede dar un sentido a su actividad y, al mismo tiempo, ser crítico con ella. Ofrecerles la posibilidad de participar, decidir y elegir, es decir, de ser sujetos responsables y autónomos, es el mejor antídoto contra la pasividad del obediente ejecutor de la voluntad de otros. 


(Publicado en el periódico ESCUELA)

domingo, 29 de marzo de 2015

EDUCAR PARA CUIDAR LA VIDA. Publicado en el periódico ESCUELA

A juzgar por la situación de desmoronamiento social que atravesamos, y aunque no existan pruebas para medirla, parece claro que si algo falla en este país (más que las matemáticas o el lenguaje) es la inteligencia ética.  Pero ¿cómo y hasta qué punto se puede entrenar esta capacidad? ¿Nacemos con un sentido moral, o este es el resultado exclusivo de la educación y la socialización?
La mayor parte de las tradiciones, especialmente religiosas, consideran al ser humano intrínsecamente “malo”. Por eso suele decirse que a los niños y niñas tenemos que enseñarles “lo que está bien y lo que está mal”, a riesgo de incurrir en esas frecuentes incoherencias entre lo que pensamos, y exigimos de los demás, y lo que realmente hacemos. Algo más “positiva”, la psicología clásica de Freud a Piaget, entiende que carecemos de conciencia ética hasta, por lo menos, los diez años. Los estudios postulan que, en el proceso de crecimiento, atravesamos cinco estadios de esa conducta: amoral, interesada, conformista, irracional-consciente y racional-altruista. Si bien, la mayoría de nosotros se estanca en la adolescencia (etapas conformista e irracional-consciente) y solo unos pocos desarrollan una auténtica actitud altruista, es decir, se preocupan por el bienestar de los demás y actúan en consecuencia. Algunos investigadores, sin embargo, cuestionan la visión evolutiva, y encuentran ejemplos de altruismo incluso en niños menores de 4 años. Hasta los bebés de seis meses parecen estar preparados para realizar juicios morales y tratan de ayudar, por ejemplo, llorando cuando sus padres discuten. Según estos autores, nacemos con una especie de código ético embrionario que es distorsionado por entornos que no satisfacen nuestras necesidades auténticas ni promueven valores de cuidado y protección de la vida. Conforme a esta hipótesis, el comportamiento ético natural tiene poco que ver con la noción intelectual de “justicia”. Más bien es el resultado de una “ética del cuidado” (Carol Gilligan), de tipo emocional e inherente a la vida, que se preocupa por el bienestar de las personas en vez de por la aplicación estricta y “objetiva” de una norma. Hoy las leyes se muestran incapaces de eliminar, por ejemplo, las graves desigualdades sociales que tenemos. Si, como los niños pequeños, los adultos buscáramos el bienestar de todos, pondríamos en el centro de nuestros desvelos el amor y el cuidado de la vida. Tal vez sea el momento de empezar a practicarlo.

miércoles, 25 de marzo de 2015

UNA DEUDA DE ATENCIÓN.

Continúo compartiendo con vosotras la columna que publico mensualmente en el periódico ESCUELA

Se dice que a los alumnos de hoy les falta atención, una habilidad en la base de  casi todas las operaciones mentales (comprensión, memoria y, por supuesto, aprendizaje), también esencial en las relaciones interpersonales (escucha, empatía...). En un mundo donde el exceso de estímulos e información hacen cada día más complicado atender, es curioso que solo a los niños y niñas se les exija una deuda de atención (“to pay attention”, en inglés “pagar atención”) hacia los adultos. Porque, más allá de las aulas, la atención es imprescindible para la vida: nos permite “conectar” con el mundo, desarrollar una conciencia personal, además de modular y definir todas nuestras vivencias.
Hoy, más que nunca, estamos conectados con las máquinas y, menos que nunca, con nosotras mismas y nuestros semejantes.
Las prisas y el ajetreo de la vida “moderna” apenas nos dejan tiempo para  respirar, atrapados entre las exigencias de la producción y los mandatos del consumo; en aras de la “eficacia”, el multitasking nos invita, a pasar rápidamente de una tarea a otra, de manera dispersa y superficial; el ruido incesante del discurso interno nos secuestra del momento presente para rumiar nuestras preocupaciones e intentar controlar el futuro; la ilusión de satisfacer nuestra necesidad de vínculo y contacto directo, a través de una conexión virtual permanente, nos mantiene enganchados a los dispositivos electrónicos…; y los continuos “bip, bip” de los móviles anuncian nuevos mensajes por los que nuestro cerebro nos premiará con otra pequeña dosis de dopamina... Toda esta algarabía hace casi imposible una presencia y disponibilidad al mundo, simplemente para estar, para Ser. Navegamos, como apunta Daniel Goleman, en un océano de distracciones, incapaces de atender a nuestras sensaciones, emociones, necesidades y deseos, a los demás y al entorno.
Los científicos afirman que todas las constantes vitales del organismo mejoran cuando estamos relajados y atentos. La atención posee cualidades curativas. Y para el filósofo Byang Chul Han, los grandes logros de la humanidad se deben a ese silencio, a esa escucha profunda hacia dentro y hacia fuera.
Nuestra deuda de atención se está volviendo impagable. Y sin embargo, si no queremos encontrarnos un día desahuciados de la vida, tendremos que empezar a pensar en, al menos por un momento, volver a prestarle atención.

Heike Freire


lunes, 16 de marzo de 2015

LAS RAÍCES DEL ACOSO ESCOLAR. Publicado en el periódico Escuela


De vez en cuando, salta a las páginas de los periódicos algún caso de acoso escolar. El baile de acusaciones entre familia y escuela inicia su ritmo: los padres culpan a los docentes de negligencia y presentan denuncias contra los centros; los fiscales abren expedientes solicitando penas para los niños; y muchos profesores están convencidos que la causa del problema son las familias disfuncionales o con dificultades. Se hacen análisis moralistas y superficiales que
apelan a la “maldad” y la “crueldad” intrínseca de los acosadores, y se buscan soluciones rápidas para conseguir, con el mínimo esfuerzo, un máximo de rendimiento (como sanciones “ejemplares” para “disuadir” a los potenciales agresores). Tanto el origen como el posible remedio parecen encontrarse en los comportamientos individuales, mientras el contexto social, cultural e institucional rara vez es examinado y, mucho menos, puesto en tela de juicio. Desgraciadamente, existen pocos estudios que indaguen en las raíces profundas del acoso. Una investigación pionera de Royston Lambert, sobre los internados ingleses, encontró que había más casos de bullying, y de mayor gravedad, en las escuelas donde los equipos docentes utilizaban directa o indirectamente la violencia (la llamada “violencia estructural”, que Damián Szifrón ilustra tan bien en su película “Relatos salvajes”). Si una disciplina escolar mal construida hace que, como señalaba recientemente un grupo de alumnos de primero de la ESO “las personas que han sido humilladas por alguien más grande o más fuerte, necesiten denigrar a otro menos fuerte para sentirse mejor”, la solución no puede pasar por más de lo mismo. Las escuelas que han tratado con éxito el problema han conseguido implicar a sus alumnos en grupos horizontales: asambleas, círculos de convivencia, sistemas de mediación “entre pares” y tribunales escolares para gestionar los conflictos y, al mismo tiempo, educar en la responsabilidad social. El bullying no es un problema individual y los centros son un reflejo de la violenta sociedad en que vivimos. Pero eso no significa que no puedan hacer nada. Un acosador no nace, se hace. Cuando las personas son tratadas con respeto, aprenden a respetar.

jueves, 12 de marzo de 2015

Una nueva escuela en el bosque

Estimadas lectoras,
cada vez más niños y niñas pueden disfrutar de un tiempo de juego al aire libre en plena naturaleza.
Y cada vez más maestras y maestros se echan al monte, con o sin homologación, para ayudar a los niños a ejercer sus derechos.
Desgraciadamente no puedo informar de todas las que hay, pero al menos cuando se trata de personas queridas, me gusta compartirlas.
En este caso, os presento un proyecto promovido por Meritxell Bonàs una de las creadoras de la escuela pública El Martinet, que se encuentra entre las más innovadoras de Cataluña. Cuando se publicó Educar en verde, hace casi 4 años, Meritxell me escribió entusiasmada, dándome las gracias y compartiendo todas sus inquietudes conmigo (a fin de cuentas tenemos más o menos las mismas!). Meses después, todo el equipo de El Martinet estuvo en la presentación en la librería Abacus de Barcelona.
Antes que ésta, la última alegría que me han dado es hacerme llegar a través de Lidia Esteban un precioso libro titulado "…a fora" con impresionantes fotos de la excelente "educación verde" que ofrecen a los niños. Tengo además el honor de ser citada en las últimas páginas del libro y quiero desde aquí transmitirles mi agradecimiento.
En esta ocasión, presentan un nuevo proyecto educativo de infancia y juego en la naturaleza en el Parque Natural del Corredor. Allí los niños y niñas crecerán en compañía de los hermosos alcornocales, encinares y pinares que se encuentran entre las especies de árboles más antiguas del planeta.
Mucha suerte!




jueves, 19 de febrero de 2015

CORAZONES, NO SOLO CABEZAS EN LA ESCUELA

Continúo compartiendo con vosotras la columna que publica cada mes el periódico ESCUELA.
En esta ocasión, con un texto desde el corazón.
Espero que te guste
Un abrazo

Corazones, no solo cabezas en la escuela
Con este sugerente título, el controvertido pedagogo escocés Alexander Neill hacía, en 1945, una defensa de la escuela holística, preocupada no tanto por los resultados académicos de los alumnos sino, especialmente, por sus necesidades afectivas. Hoy en día, los programas de educación emocional son cada vez más frecuentes en los centros, pero no siempre abordan en toda su globalidad y complejidad las interrelaciones entre los aspectos físicos, cognitivos, emocionales, sociales y espirituales, del ser humano.
Las observaciones de Neill han sido corroboradas por las investigaciones de la psicología y la neurología: cuando las personas nos sentimos amadas, es decir, aceptadas y seguras de poder ser tal como somos, nuestro cerebro disfruta del ambiente óptimo para desarrollar todo su potencial. El solía decir que cuando la emoción es libre, la inteligencia viene por sí misma. Hoy, podemos afirmar, que si una alumna se siente a gusto consigo misma, tiene suficiente autoestima y un buen autoconcepto, desplegará la motivación necesaria para alcanzar las metas que se proponga. Educar el corazón significa reconocer el valor vital de éste órgano que, según la neurocardiología, posee un sistema nervioso con unas 40.000 neuronas y es el único que envía más información al cerebro de la que recibe. Su inteligencia es rápida e instintiva y ofrece una orientación para la vida mucho más sólida que la mera racionalidad, con sus eternas dudas y preguntas. Cuando, en lugar de estar encogido por el miedo, la ansiedad y el estrés que caracterizan el mundo moderno, el corazón está expandido, envía señales químicas y electromagnéticas al resto del cuerpo que equilibran el sistema nervioso y aportan regulación emocional, bienestar y alegría.

Las escuelas deberían organizarse para crear una cultura de amor y respeto; pero también cada docente puede aportar algo más que su granito de arena. Basta con recordar algún profesor que nos haya marcado en la infancia. Los niños aprenden de aquellas personas a las que aman.

viernes, 13 de febrero de 2015