Estimadas lectoras y lectores,
os comparto el video del evento "Gestionando hijos" el pasado mes de diciembre en Madrid. Espero que os guste. Tengo que confesar que fue uno de los momentos más estresantes de mi vida. Cuando me subí al escenario descubrí un enorme cronómetro que hacía la cuenta atrás de los 17 minutos acordados y ya no pude quitar los ojos de él. Solo que cuanto más lo miraba, más nerviosa me ponía. Sentí una gran admiración por personas como Carles Capdevilla, capaces no solo de permanecer tranquilos en una situación como esa, sino incluso de divertirnos. Ya le he dicho a Leo Farache que seguiré practicando....aunque...no se -:)....



"No tengo ni idea de cómo aprendió a leer", respondió el educador inglés David Gribble durante una entrevista que mantuvimos hace casi dos décadas en Sands School. Me quedé estupefacta. ¿Qué clase de educador era aquel a quien no parecía preocuparle el progreso de sus alumnos ? ¿Qué les estaba enseñando? ¿Cuál era entonces su papel como maestro?
Tardé muchos años en darme cuenta que su actitud no respondía a una negligencia en el ejercicio de su profesión sino a una voluntad, consciente y meditada, de confiar y respetar al máximo los procesos de los alumnos permitiéndoles disfrutar de ellos. El simple hecho de intentar controlar el aprendizaje de los niños lo convierte en trabajo en lugar de placer y disfrute.
Hoy todo parece ir en sentido contrario y los estudiantes tienes cada vez más exámenes. Unos 300 por curso, entre controles, parciales, finales, recuperaciones, evaluaciones diagnósticas...y test de orientación.
La tendencia es además, a administrar pruebas cada vez más tempranas. Las cifras de los exámenes se han convertido en un indicador de competitividad entre los estados y sus resultados recuerdan a los de las ligas de fútbol. Lo que las estadísticas no cuentan es el estrés y el sufrimiento de los niños y adolescentes, ni el elevado índice de los que, incapaces de soportar la presión, deciden tomar algún tipo de fármaco o incluso suicidarse. Corea, por ejemplo, es uno de los primeros países en las listas de PISA, pero también en los estudios sobre infelicidad infantil. La manía de los test y las puntuaciones está asfixiando a alumnos y profesores. Muchos deciden negarse a administrar las pruebas de medida del progreso académico que les imponen los gobiernos. Argumentan que no es bueno para los estudiantes, resulta inútil para valorar los progresos reales en el aprendizaje, consume horas lectivas que podrían dedicarse a actividades más interesantes, y es muy costoso. Máxime cuando EXISTEN enfoques de evaluación más abiertos, continuos y vinculados con el aprendizaje.
Sin duda los exámenes son una de las principales causas de estrés, baja autoestima, depresión y otros problemas psicológicos en la infancia. No ofrecen las condiciones adecuadas para que una persona de lo mejor de sí. En lugar de medir sus habilidades reales, evalúan su capacidad para enfrentarse a situaciones de tensión, una variable que depende más de la calidad y calidez de su entorno familiar y afectivo, que del aprendizaje.
Estas son algunas de las razones que presenta el movimiento Students Agains Test, que está tomando fuerza en EEUU y otras partes del globo:
- Son un negocio para las editoriales,
- No resuelven los problemas educativos,
- Penalizan a los alumnos diferentes (de clase baja, de otras culturas, etnias etc)
- Se les concede una importancia exclusiva y desmesurada, llegando a sentenciar la trayectoria vital de una persona,
- Producen estrés y depresión
- Convierten las escuelas en fábricas de resultados y diplomas, donde los estudiantes son solo un número.
Curiosamente, cuando se pregunta a los alumnos por los exámenes suelen ser bastante conservadores, muy poco incendiarios. No piden que se eliminen definitivamente en pro de formas de evaluación más cualitativas y provechosas. PIDEN QUE SE RACIONALICEN. Que se elimine el EXCESO DE CONTROL. Y se combine con otros criterios.
Si solo les escucháramos...

Heike Freire 



Para quienes no pudísteis acercaros a mi conferencia en Florida Universitária, aquí tenéis una nueva oportunidad de encontrarnos en Valencia. Volem Créixer es una asociación de familias conscientes de la importancia de educar con la naturaleza. El domingo haremos tribu para caminar la ruta de los molinos de Buñol y trabajar con ese maravilloso espejo que es el mundo natural. Un espejo que nos ayuda a Crecer con nuestros hijos e hijas. Que nos enseña a sentir y a cuidar la vida. Estoy segura que será una experiencia apasionante para todas!


El escritor y activista budista Sulak Sivaraksa se ha convertido en un emblema para todo un sector de la juventud tailandesa, que sueña con un país menos “desarrollado” pero más justo, humano y sostenible, capaz de apoyarse en su historia y sus valores tradicionales para mirar con confianza hacia el futuro. Defensor de los pobres rurales y urbanos, este octagenario es uno de los líderes de la resistencia popular contra los excesos de la globalización y el desarrollismo económico que están transformando radicalmente el país. Acusado, en varias ocasiones, y condenado al exilio por criticar abiertamente la política del poderoso rey Bhumibol Adulyadej (Rama IX), Sivaraksa se mantiene fiel a sus convicciones y habla con la tranquilidad que le otorga medio siglo de resistencia pacífica a sus espaldas.

- Tailandia es actualmente la segunda economía más fuerte del sudeste asiático. ¿Cómo valora este espectacular crecimiento?
Mi valoración no es muy positiva. La moderna cultura económica ha contribuido al deterioro de los valores morales clásicos y de la visión espiritual del mundo, trastocando la comprensión de la existencia humana y de lo que constituye una vida buena y feliz. El desarrollo es exclusivamente material, a expensas del medio ambiente y de una distribución justa de la riqueza.

- Usted es muy crítico con la sociedad de consumo...
En un nivel profundo, el consumo recibe su vitalidad de la ilusión de autonomía del individuo, que la cultura occidental separa artificialmente del vínculo innato con sus iguales y con la naturaleza. Un ser humano solo, arrojado al mundo, con una existencia independiente de sus relaciones sociales y afectivas con los demás seres vivos.
Esta ilusión del “yo” es para los budistas la principal causa del sufrimiento. Nos volvemos ontológicamente extraños a los demás y también a nosotros mismos. Solo podemos realizarnos, en el acto de consumir: “compro luego existo” diría Descartes, si viviera hoy.

- Esta ilusión de separación ¿es la responsable de la destrucción del entorno?
Yo diría que sí. La cultura occidental está basada en tres ideas completamente erróneas: que la humanidad es independiente de la naturaleza, que los seres humanos somos dueños de la tierra, y que la felicidad resulta de adquirir bienes materiales.

- Pero nada está aislado...
Por supuesto que no. El mundo es un conjunto interdinámico, un todo cooperativo, una red de relaciones donde todo está vinculado con todo: sin la madre tierra no podemos sobrevivir, sin los árboles, o los ríos..Y pretender que somos propietarios del planeta resulta absurdo. En India, por ejemplo, el estado de Rajastán ha declarado que cada gota de lluvia pertenece al gobierno, que dará las oportunas concesiones, a compañías privadas, para venderla y comprarla. ¿Cómo se puede poseer la lluvia?. En cuanto a la felicidad de consumir...sabemos por experiencia que es momentánea...
 
- ¿Por qué nos gusta tanto comprar?
Los seres humanos venimos al mundo con la sensación de no estar completos, un sentimiento que la industria capitalista aprovecha para crear necesidades artificiales, y producir objetos que “garantizan” su satisfacción. Nos crea la ilusión que con ellos, podremos estar más atractivos, evitar el dolor, la enfermedad, la vejez, incluso la muerte. El consumo se dirige, exclusivamente, a la dimensión mental, material y económica del ser humano; potencia la ignorancia, el odio y la avaricia..., (las tres causas principales del sufrimiento según el Buda) y excluye otros aspectos más auténticos. Nos volvemos individualistas, mecánicos y egoistas.

- ¿Podemos evitarlo?
Sí, si limitamos nuestra avidez y codicia. Si somos conscientes que no necesitamos más; que podemos vivir de forma más austera, más sencilla..., sentirnos más ligeros con menos. Y si practicamos la generosidad: así comprendemos hasta qué punto nuestro bienestar y supervivencia dependen de la calidad de nuestro compromiso con los demás seres vivos. Además, es el mejor antídoto contra el miedo, porque refuerza la confianza en la vida.

- Se trata de encontrar la paz y la felicidad en nuestro interior...
Y también fuera. Como todo está interconectado, si solo te preocupas por tu felicidad, vas a crear más sufrimiento. En cambio, si te preocupas por la de los demás, te ayudas también a tí mismo. Te elevas desde lo mental a lo espiritual, a través de los otros. Y no estoy hablando solo de los seres humanos; me refiero a todos los seres sensibles. Esto es lo que dice la filosofía budista, pero debes aprender cómo practicarla.

- Entonces, ¿qué es la riqueza para usted?
Hace algunos años, James Wolfensohn, el antiguo presidente del Banco Mundial me hizo una pregunta parecida: ¿qué es la prosperidad desde el punto de vista budista?. Mi respuesta fue: ser próspero es estar presente, con plena atención en cada momento; es ser autosuficiente, es decir, no depender de fuentes lejanas para tu subsistencia; y sentirte satisfecho con lo que tienes. A nivel ecológico, la prosperidad se define como “más seres”. Cuanto mayor es la biodiversidad, más posibilidades hay de alcanzar la iluminación que solo puede realizarse colectivamente.

- Para eso tendríamos que cuidar la tierra...
Sí, pero no solo pensando en nosotros mismos, en obtener recursos, agua y aire limpios... etc, de una manera instrumental, como pretenden algunos ecologistas. Deberíamos cuidar de todos los seres sintientes porque son nuestros iguales y merecen cariño y respeto. Además, la naturaleza también nos cuida. Creer que solo nosotros la protegemos es una ilusión carente de humildad.

- ¿Cómo definiría el budismo?
Es una técnica para ayudarnos a salir de nuestro aislamiento. Cuando se practica conscientemente, permite transformar la avaricia en generosidad, el odio en compasión y la ignorancia en sabiduría. Su esencia es la no-violencia y la interconexión de todos los seres. Contrariamente a la sociedad de consumo, nos invita a enfrentar el sufrimiento; a darnos cuenta que es inevitable envejecer, morir..Y a comprender sus causas.
- No sabía que había “budistas activistas”
No me extraña. La espiritualidad, en Occidente, se ha difundido como una forma de escapismo. Para el auténtico budismo, solo crecemos espiritualmente a través de nuestro compromiso con los demás seres. No hay otra manera. Practicando la compasión, aprendemos a reconocer el sufrimiento de otros y tratamos de aliviarlo. Vivimos con los que se afligen y compartimos su dolor. Quienes pertenecemos a la clase media, por ejemplo, nos acercarnos a los pobres no para ayudarles, sino para aprender de ellos. En este país, centenares de monjes budistas han arriesgado su vida para evitar la deforestación y la explotación indiscriminada de los bosques. Esta es la verdadera práctica. 

-¿Cree que la educación podría cambiar el sistema?
La educación occidental fomenta la ilusión del ego y está basada en la codicia de conocimientos y diplomas. Además, tiende a alejar a los niños de sus iguales y de la naturaleza. El sistema escolar va siempre en un único sentido, del maestro al alumno, cuando debería ir en dos direcciones: ambos pueden aprender el uno del otro. Si eres humilde estás abierto y aprendes de todos los seres. También aprendemos de los árboles...

- ¿Puede darnos algún consejo?
Respirar conscientemente, sintiendo el amor, puede ayudarte a reestructurar tu conciencia. Así aprendes a elevarte a todos los niveles: físico, mental, espiritual... Y observar la forma en que piensas, porque el pensamiento puede ser muy útil, pero también puede ser dañino.

- ¿Tal vez meditar?
A través de la meditación se alcanza un estado de alegría, tranquilidad y armonía con uno mismo y con los demás. Pero debes elegir el tipo de meditación adecuado, que no fomente el escapismo: debe llevarte a confrontar el sufrimiento y a actuar para erradicar la violencia estructural que existe en la sociedad. Todo activista debería meditar y todo meditador debería activarse.


El acuerdo tácito por el que la mayoría de los adultos defendemos la importancia de los deberes escolares para la educación de nuestros hijos y alumnos, me recuerda el famoso cuento de Andersen titulado “El traje nuevo del emperador”: seguramente por miedo a perder nuestros privilegios, ninguno de nosotros se atreve a admitir que el rey va desnudo... Sin embargo, una revisión cuidadosa de la literatura científica, como la que realiza Alfie Kohn en “El mito de los deberes” (Kaleida, 2013) muestra que no existen pruebas concluyentes de su eficacia para mejorar el aprendizaje y/o adquirir hábitos de trabajo, especialmente en primaria. Con todo, la carga de deberes escolares no ha dejado de aumentar en los últimos 30 años y, junto con las actividades extraescolares, son una de las principales causas del estrés y del escaso tiempo libre del que disfrutan los niños y niñas de hoy para jugar y descansar. Si tenemos en cuenta el decisivo papel del juego espontáneo en el desarrollo infantil, ésta sería ya una razón suficiente para que los deberes desaparecieran o, al menos, para que se transformaran. Además, sus contenidos suelen consistir en aburridas repeticiones de enunciados (supuestamente para mejorar la caligrafía sin ningún placer, ¿tal vez por aquello de que “la letra con sangre entra”?); actividades homogéneas, elegidas por el profesor, muchas veces redundantes entre materias y sin el más mínimo atractivo para los alumnos. La práctica de los deberes escolares, en su enfoque convencional, no tiene en cuenta el bienestar de los niños y niñas, ni tampoco su motivación personal; se ha convertido en un ritual que les enseña a inhibir su curiosidad natural, sustituyéndola por un aprendizaje artificial, dirigido y controlado desde afuera. Si queremos ser honestas con nosotras mismas, deberíamos gritar que el rey va desnudo: así podríamos replantearnos el sentido de los deberes y, con la participación de los alumnos, adaptarlos a sus auténticas necesidades e intereses. 

Heike Freire

Así son los espacios donde las niñas y niños juegan de verdad: auténticos laboratorios de investigación, estudios de artistas sucios y caóticos. Ellos los necesitan, las ciudades los necesitan y también nosotras los necesitamos...




El próximo jueves 21 de abril 2016, a las 19:00, en Matadero Madrid, en el marco del festival Público Design Fest: DIÁLOGOS (educación) Central de Diseño/ cubo
"Y lo demás es el patio. Diseño de espacios exteriores en centros escolares"
. Heike Freire Salud, bienestar y aprendizaje con la naturaleza.
. Pablo García Serrano Ecólogo urbano y paisajista
. GALOPÍN Empresa de diseño de juegos
. Fernando Casqueiro Arquitecto. Doc.en la ETSAM.
. Maria Isabel Víctor Crespo Docente
Modera: Oscar Beade. Coordinador de Diseño de
Producto y profesor de la ESD.


Es sabido que nuestra sociedad atraviesa una profunda crisis de valores. Los principios en los que se asentaba nuestra visión del mundo ya no funcionan: se produce un caos, una desorientación que puede llegar a ser dolorosa. En el proceso de transformación que precede al nuevo equilibrio, son frecuentes las resistencias, los desgarros y las polarizaciones.
Tal vez por su carácter esencialmente ético, la labor educativa es muy sensible a estas tensiones. En un vaivén pendular que marea y desalienta, voces airadas preconizan, periódicamente, la vuelta a la situación anterior. A veces por convicciones ideológicas pero, más generalmente, por una absoluta falta de reflexión. Ya sea un juez que reivindica el coscorrón para restaurar el “respeto” entre padres e hijos, o un ministro que pretende resolver los problemas de acoso imponiendo disciplina, el proceso suele ser el siguiente:  1.- Un personaje público lamenta lo inaceptable de la situación actual. 2.- Recuerda cómo eran las cosas cuando él o ella era niño. 3.- Concluye, claro está, que funcionaban mucho mejor, puesto que ella misma es una excelente persona. 4.- Preconiza las viejas recetas...
Cuesta aceptar que los padres y maestros de hoy no disfrutemos de la misma autoridad que tenían nuestros antepasados. A mis abuelos sus hijos y alumnos les trataban de usted y hoy los nuestros nos llaman por el nombre de pila. Vivimos en una sociedad que se pretende democrática, tratamos de practicar otros valores. Muchas personas quieren dejar de ser autoritarias, pero se encuentran sin herramientas, no saben cómo hacerlo. Es frecuente que caigan en el laxismo, en el "dejar hacer", en la pérdida de referencias. Esto es un error, pero también forma parte del camino necesario para pasar al otro lado. Para desarrollar nuevas formas de relacionarse con los niños, niñas y jóvenes desde la intimidad, la emoción, el diálogo, los acuerdos y una autoridad natural que se ejerce, en primer lugar, sobre una misma. Así se transforma la sociedad y se construyen aprendizajes útiles para todos. Dejamos de necesitar aferrarnos a un papel y crecemos como personas. Empezamos a ser más auténticas, más "humanas". Asumimos que no sabemos, que podemos equivocarnos. En fin, que cada cual elija su camino…

Heike Freire
La película "Una pastelería en Tokio" nos ofrece un ejemplo de otra forma de vivir, pensar y sentir el mundo, muy cercana a lo que Piaget llamaba pensamiento mágico infantil. Ese primitivo animismo es quizás lo que deberíamos recuperar para empezar a relacionarnos de una forma no-instrumental con la tierra. Para ponernos a su servicio, en lugar de emplearla siempre como recurso.

Primero hay que acogerlas, conseguir que se sientan en casa” susurra Tokué mientras cocina su extraordinario anko, la riquísima pasta de judías rojas, utilizada como relleno de los bizcochos “dorayakis”, que hará las delicias de su jefe y de todo el vecindario. La anciana protagonista de “Una pastelería en Tokio” (Naomi Kawase, 2015), sabe acercarse al alma de las cosas. Habita un mundo vivo, donde todos los seres, animados e inanimados, tienen conciencia, voluntad y sentimientos. Las habas le cuentan la historia de sus viajes desde los campos de cultivo hasta la tienda de ultramarinos: “cuántas lluvias y cuántos días de sol han visto estas judías” exclama asombrada; el sol, los pájaros y los árboles la saludan y conversan con ella cada mañana.
En línea con la tradición animista japonesa, Tokué nos ofrece una visión holística del mundo que no separa lo material de lo espiritual. Todo está dotado de espíritu y, hasta las cosas más insignificantes, merecen ser atendidas con sensibilidad, cuidado y respeto. Esta actitud intensifica su propia existencia, amplía y profundiza su capacidad de estar presente y le permite abrazar la alegría y la belleza que somos.  Aunque enferma, puede decirse que Tokué es una mujer feliz. Antes de morir, enseña a sus amigos, Sentaro y Wakana, que una vida buena es una vida con sentido, construida en torno a aquello que amamos: ¿cómo puedes vender dulces si ni siquiera te gustan? pregunta un día escandalizada a Sentaro. El dibuja en su rostro una sonrisa amarga. Un ser humano que no puede elegir, ni disfrutar con lo que hace, se convierte en un esclavo sometido al deseo de otro; o, peor aún, en un simple mecanismo a merced de sus propios impulsos, una naranja mecánica. Junto a la luz de la inteligencia y la razón, no podemos olvidar nuestra necesidad de conexión y armonía. De una espiritualidad liberada de dogmas, instituciones y cultos, que exprese nuestra capacidad de honrar y celebrar la vida. Solo así podremos salir de estas epidémicas crisis, de estos vacíos de ilusión y esperanza marcados por el mercantilismo, el individualismo a ultranza y la pérdida de valores humanos, sociales y ecológicos.  Educar-Sí pero, sobre todo, educar-Se.

Heike Freire

Publicado en el periódico Escuela






Más que un trastorno orgánico sólido y coherente, el TDAH es una especie de “cajón de sastre” en el que se expresan una gran diversidad de problemáticas y “malestares” que aquejan a la infancia de hoy. Las labores de prevención y tratamiento deberían incidir sobre los contextos donde crecen niños y niñas, favoreciendo especialmente el contacto con la naturaleza, una educación y un estilo de vida más saludables. 
Las personas no somos muy distintas de los árboles: nacemos y crecemos a partir de una minúscula semilla, siguiendo el curso de nuestra naturaleza; brotamos hojas y flores y, cuando estamos maduras, producimos frutos. Nuestra salud y desarrollo dependen de las condiciones del entorno: los nutrientes de la tierra, el grado de humedad, la temperatura y calidad del aire…Es evidente que también nos configuran los cromosomas pero, en el histórico debate que enfrenta a los psicólogos “partidarios de la herencia” con los “partidarios del ambiente” se impone una especie síntesis: mis genes pueden contener un potencial de, por ejemplo, “baja estatura” pero el ambiente en el que he crecido (vínculos afectivos, dieta, hábitos…) y donde me muevo (subida a una tarima, con tacones, rodeada de pigmeos…) es el que finalmente determinará mi altura. Lo mismo sucede a nivel celular: las características del medio donde se cultivan las células madre determinan tanto su salud como el tipo de tejidos (óseo, muscular, nervioso…) en los que van a diferenciarse. A lo largo de generaciones, las condiciones ambientales van modulando los rasgos genéticos: por eso, la altura media de los españoles subió al menos diez centímetros en el último siglo.
Las posibilidades de transformación de los contextos son (o deberían ser) más amplias, sencillas y eficaces que las mutaciones genéticas. Sin embargo, nuestra sociedad prefiere actuar directamente sobre los organismos mediante sustancias químicas e intervenciones quirúrgicas. Tal vez porque, como señala el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, “lo que no queremos que cambie, hoy menos que nunca, es el actual orden social”…

Un trastorno de época
El espectacular aumento del diagnóstico de TDAH entre la población infantil de los países “desarrollados” en los últimos 30 años (un 300% aprox.) podría interpretarse como el descubrimiento de una nueva dolencia, si tuviera alguna consistencia. Pero bajo el paraguas de estas cuatro siglas se engloban comportamientos muy diversos (impulsividad, hiperactividad, falta de atención…) cuyo único punto común es que responden a la misma droga, el metilfedinato. Estas conductas se denominan erróneamente “síntomas” cuando, en el estado actual de la investigación, no se ha comprobado que provengan de una patología orgánica: ni los estudios de neuro-imagen ni los de mapas genéticos permiten medir una posible anomalía cerebral y actualmente los exámenes neurológicos se utilizan precisamente para descartar esa hipótesis. Además, desde su aparición en el DSM-III (1980), la literatura científica ha apuntado a numerosos y complejos factores etiológicos: ginecológicos y perinatales, pediátricos, asistenciales, alimentarios, familiares, educativos, sociales, ambientales… Son frecuentes los diagnósticos múltiples y la confusión con otras problemáticas (dislexias, disgrafías, deterioro cognitivo, conductas desafiantes…). Las evaluaciones a menudo resultan subjetivas: una maestra encontrará a este alumno “hiperactivo” mientras que otra, en otro entorno, lo considerará “normal”. La influencia de la socialización de género (y por tanto, de la cultura más que de la biología) también es patente: entre los diagnosticados con hiperactividad predominan los niños, mientras el déficit de atención lo presentan mayoritariamente niñas…Este curioso dato no parece chocar a los especialistas que, cegados por una especie de determinismo neurológico a la moda, siguen empeñados en confundir sexo y género. También es significativo el elevado número de diagnosticados que son adoptados, proceden de familias con dificultades económicas, sociales o afectivas, tienen altas capacidades o talentos especiales no reconocidos por la escuela, atraviesan algún tipo de duelo, sus procesos madurativos son más “lentos” que la media etc…. Por otro lado, se ha comprobado que el ruido y la contaminación ambiental en las ciudades afectan negativamente al delicado cerebro infantil en desarrollo. Del mismo modo que le perjudican el exceso de sedentarismo y la sobre excitación que producen las pantallas, cada vez más presentes en la vida de niños y niñas, que no disponen de espacios ni tiempo suficiente para “descargarla” a través del juego espontáneo. Las elevadas exigencias sociales y educativas, tendentes a normalizar y homogeneizar a la población; la presión por los resultados académicos y el  consecuente estrés escolar en nuestra “sociedad del rendimiento”; la represión social del dolor y las emociones consideradas “negativas”, o el incremento en el consumo de azúcar refinado y, en general de la comida basura, sin ácidos grasos esenciales ni suficiente hierro, son otros de los múltiples factores que los expertos han relacionado con los “comportamientos TDAH”. Por eso muchos profesionales lo consideramos un simple “cajón de sastre” para una amplia variedad de dificultades sociales y de aprendizaje que aquejan a la infancia de hoy. Más que una dolencia específica y orgánica, este conjunto de respuestas hablan de los enormes esfuerzos que están haciendo las criaturas de hoy para adaptarse y crecer en entornos cada vez menos saludables, que no les permiten satisfacer necesidades básicas ancestrales de nuestra especie como el movimiento, el tacto y el contacto con la naturaleza.

 La falta de Vitamina N
Según los estudios clásicos de Psicología ambiental, las tareas que exigen una atención “dirigida” o “concentrada” (y requieren inhibir la percepción de otros estímulos, así como los impulsos y pensamientos “inadecuados”) producen fatiga. En estas situaciones, individuos no diagnosticados con TDAH muestran temporalmente muchos de los comportamientos atribuidos al trastorno. Aunque uno sería “permanente” y el otro “temporal” (desaparece cuando descansamos) los “síntomas” del déficit de atención y de la fatiga de atención son muy similares, e incluso se utilizan escalas semejantes para medirlos. Se ha demostrado que los entornos naturales ayudan a recuperar nuestra atención (o como dicen Rachel y Stephen Kaplan a “restaurarla”), porque alivian la tensión que supone focalizarnos en unos pocos estímulos. El bienestar que experimentamos después de pasar tiempo en la naturaleza (ya sea dando un paseo por el campo, visitando un parque, plantando un huerto, mirando árboles desde la ventana o contemplando la foto de un paisaje) puede ser fruto de ese “efecto restaurador” que según los investigadores mejora al mismo tiempo otros procesos cognitivos como el pensamiento y la memoria.
La naturaleza tiene también un “efecto moderador” o amortiguador del malestar que causan acontecimientos estresantes en la vida de niños y adultos, como problemas laborales y económicos, conflictos y duelos familiares, exigencias escolares excesivas etc…
Si los entornos naturales mejoran los procesos cognitivos y el grado de bienestar y relajación de individuos no diagnosticados, ¿es posible que también ayuden a los afectados?. ¿Las personas con TDAH podrían simplemente ser más sensibles que el resto de la población a la fatiga de atención y al estrés?. Con estas hipótesis, el Laboratorio del Paisaje y la Salud Humana de la Universidad de Illinois (USA) ha realizado recientemente una serie de experimentos que muestran cómo las actividades y el juego espontáneo al aire libre reducen significativamente las dificultades típicas del TDAH. Después de pasar tiempo en la naturaleza, niños y adolescentes diagnosticados con el trastorno muestran con menor frecuencia esas conductas y muchos llegan a limitar o incluso a abandonar definitivamente la medicación.  En uno de estos estudios, los padres puntuaron los efectos de 49 tipos de actividades distintas (pasear, leer, correr...), sobre los comportamientos de hiperactividad, falta de atención e impulsividad de sus hijos. Las actividades se clasificaron en tres tipos: realizadas en espacios interiores, al aire libre en medio ambiente construido y en entornos verdes. Estas últimas son las que más contribuyeron a reducir los síntomas.
En otro estudio, los niños con TDAH fueron evaluados en un entorno controlado después de “dar una vuelta” por uno de los tres ambientes clasificados según el “grado de verde”: un parque, un barrio y una zona residencial tranquila.  Los hallazgos confirman que después de jugar en un medio natural las criaturas son más capaces de concentrarse, completar una tarea y seguir instrucciones. Sus funciones de atención mejoran considerablemente, así como también su nivel de relajación y su capacidad de autocontrol. Cuanto más naturales son los espacios y con mayores índices de biodiversidad, mejores los resultados. La vitamina “N”, (en palabras del escritor Richard Louv), tiene un efecto positivo incluso cuando los resultados con otros tratamientos son limitados. Además, esta terapia es ampliamente accesible, no genera costes, no estigmatiza y no tiene efectos secundarios…
Tal vez por eso, algunos pediatras prescriben un “descanso” de la medicación durante las vacaciones y/o los fines de semana. Y muchos analistas consideran el metilfedinato una “droga del estilo de vida” (como los antidepresivos, los somníferos o los medicamentos para adelgazar), necesaria para adaptarse a una forma de vivir (y de aprender) que es, en sí misma, paradójicamente, enferma.
Todas estas investigaciones apuntan las ventajas de introducir cambios sustanciales en los ambientes donde crecen y se desarrollan niños y niñas, diseñando entornos escolares que contribuyan a satisfacer sus necesidades auténticas y a mejorar sus condiciones de vida. Escuelas que ayuden a minimizar sus sufrimientos, en lugar de contribuir a acrecentarlos… y un sistema educativo que vuelva a poner en el centro de su labor el bienestar de los alumnos.

¿Qué hacer concretamente en la escuela?
Adaptar las características y estructura de la institución escolar para atender a las necesidades que niños y niñas no pueden satisfacer en el mundo “moderno” ayudaría a prevenir muchas dificultades de aprendizaje y comportamiento e incluso podría tener un efecto terapéutico. ¿De qué necesidades y adaptaciones estamos hablando? . Aunque con limitaciones de espacio, vamos a ofrecer algunas pistas.
 
Fomentar el movimiento autónomo
Seguramente es la primera vez en la historia de la humanidad que vivimos de una forma tan completamente sedentaria. Los niños de hoy pasan aproximadamente el 76% del tiempo sentados o acostados. Sus dificultades para estar quietos no representan una involución en las habilidades del ser humano, sino más bien todo lo contrario. El movimiento es una necesidad fisiológica tan esencial como comer o dormir. Contribuye a la madurez del sistema nervioso, regula el nivel de activación energética, agudiza nuestros sentidos y desarrolla la inteligencia y la creatividad.  Estudios noruegos confirman que algo tan sencillo como ir andando o en bici al cole, mejora la atención y la impulsividad: los alumnos están más atentos, concentrados, relajados y rinden mejor.  Además, contra lo que suele creerse, pensar moviéndose favorece la conexión mente-cuerpo y consolida un aprendizaje más profundo. Todo lo que potencie el movimiento y la actividad autónoma en el aula o fuera de ella, como el trabajo con materiales concretos, en pequeños grupos, la observación de campo o los proyectos pluridisciplinares, puede ser beneficioso.  
Enseñar desde la atención plena
Muchos maestros utilizan la repetición para asegurarse que los conocimientos quedan “grabados” en la mente del alumno. Pero esto favorece la rutina, la pasividad y las respuestas automáticas. Transmitir procesos de creación vivos, en lugar de hallazgos pasados y contenidos muertos, animar a los alumnos a imaginar otros puntos de vista y permitirles que se apropien las enseñanzas a partir de sus intereses y motivaciones son maneras de conseguir que se mantengan presentes, despiertos y activos.
Frenar el consumo de pantallas
Uno de los elementos principales del modo de vida sedentario son las pantallas. Debido a la intensidad y velocidad de sus estímulos, la sobredosis de tecnología provoca un estado de alerta permanente que produce fatiga atencional y al mismo tiempo agitación, ansiedad y estrés. Algunas investigaciones han encontrado una correlación entre el tiempo de pantalla, en la primera infancia, y la probabilidad de presentar “conductas TDAH” unos años más tarde. Las escuelas deberían gestionar la tecnología con racionalidad y ofrecer a los padres información y formación sobre los peligros de un consumo excesivo.
Abrir la escuela a la naturaleza
Hay muchas formas de fomentar el contacto con la naturaleza desde la escuela, por ejemplo: organizar excursiones a espacios naturales, utilizar parques y naturaleza próxima al centro para realizar actividades o embarcarse en la transformación de los patios escolares para convertirlos en jardines, bosquecillos, huertos y granjas. Más allá de una simple labor decorativa, se trata de un proceso de cambio profundo que afecta a la forma en que se organizan tiempos y espacios en la escuela y se acompañan y validan aprendizajes. En la práctica es posible impartir todo el currículo de infantil, primaria y secundaria en entornos naturales.
Favorecer el juego libre
El juego espontáneo, especialmente al aire libre, es uno de los principales factores de salud y bienestar para la infancia: regula los estados de ánimo, alivia el estrés, la ansiedad, la depresión, reduce la agresividad, los problemas de sueño…y ayuda a adquirir hábitos saludables. El juego brusco (peleas, persecuciones…) desempeña, según el neurocientífico Jaak Panksepp, un importante papel en la producción de dopamina, el famoso neurotransmisor que favorece la concentración: permite compensar la “inmadurez cerebral” de algunas criaturas con ritmos de desarrollo más lentos mediante la producción natural de esta sustancia. Algunos expertos señalan que un niño sano necesita al menos tres o cuatro horas diarias de juego libre. La escuela podría ofrecerles más oportunidades de juego en lugar de impedírselo con un exceso de lecciones magistrales y deberes.
Atender a la singularidad de cada persona
La falta de atención desaparece cuando al alumno le interesa lo que está aprendiendo (motivación intrínseca). La escuela debe centrarse en los gustos e intereses de los alumnos, en lugar del currículo. Que sean los auténticos protagonistas de su educación para poder elegir y decidir dentro de un sistema que valore sus capacidades, respete sus ritmos y les ayude a desarrollar sus talentos. 

Artículo publicado en la revista Cuadernos de Pedagogía, 463. Enero 2016