El acuerdo tácito por el que la mayoría de los adultos defendemos la importancia de los deberes escolares para la educación de nuestros hijos y alumnos, me recuerda el famoso cuento de Andersen titulado “El traje nuevo del emperador”: seguramente por miedo a perder nuestros privilegios, ninguno de nosotros se atreve a admitir que el rey va desnudo... Sin embargo, una revisión cuidadosa de la literatura científica, como la que realiza Alfie Kohn en “El mito de los deberes” (Kaleida, 2013) muestra que no existen pruebas concluyentes de su eficacia para mejorar el aprendizaje y/o adquirir hábitos de trabajo, especialmente en primaria. Con todo, la carga de deberes escolares no ha dejado de aumentar en los últimos 30 años y, junto con las actividades extraescolares, son una de las principales causas del estrés y del escaso tiempo libre del que disfrutan los niños y niñas de hoy para jugar y descansar. Si tenemos en cuenta el decisivo papel del juego espontáneo en el desarrollo infantil, ésta sería ya una razón suficiente para que los deberes desaparecieran o, al menos, para que se transformaran. Además, sus contenidos suelen consistir en aburridas repeticiones de enunciados (supuestamente para mejorar la caligrafía sin ningún placer, ¿tal vez por aquello de que “la letra con sangre entra”?); actividades homogéneas, elegidas por el profesor, muchas veces redundantes entre materias y sin el más mínimo atractivo para los alumnos. La práctica de los deberes escolares, en su enfoque convencional, no tiene en cuenta el bienestar de los niños y niñas, ni tampoco su motivación personal; se ha convertido en un ritual que les enseña a inhibir su curiosidad natural, sustituyéndola por un aprendizaje artificial, dirigido y controlado desde afuera. Si queremos ser honestas con nosotras mismas, deberíamos gritar que el rey va desnudo: así podríamos replantearnos el sentido de los deberes y, con la participación de los alumnos, adaptarlos a sus auténticas necesidades e intereses. 

Heike Freire

Así son los espacios donde las niñas y niños juegan de verdad: auténticos laboratorios de investigación, estudios de artistas sucios y caóticos. Ellos los necesitan, las ciudades los necesitan y también nosotras los necesitamos...




El próximo jueves 21 de abril 2016, a las 19:00, en Matadero Madrid, en el marco del festival Público Design Fest: DIÁLOGOS (educación) Central de Diseño/ cubo
"Y lo demás es el patio. Diseño de espacios exteriores en centros escolares"
. Heike Freire Salud, bienestar y aprendizaje con la naturaleza.
. Pablo García Serrano Ecólogo urbano y paisajista
. GALOPÍN Empresa de diseño de juegos
. Fernando Casqueiro Arquitecto. Doc.en la ETSAM.
. Maria Isabel Víctor Crespo Docente
Modera: Oscar Beade. Coordinador de Diseño de
Producto y profesor de la ESD.


Es sabido que nuestra sociedad atraviesa una profunda crisis de valores. Los principios en los que se asentaba nuestra visión del mundo ya no funcionan: se produce un caos, una desorientación que puede llegar a ser dolorosa. En el proceso de transformación que precede al nuevo equilibrio, son frecuentes las resistencias, los desgarros y las polarizaciones.
Tal vez por su carácter esencialmente ético, la labor educativa es muy sensible a estas tensiones. En un vaivén pendular que marea y desalienta, voces airadas preconizan, periódicamente, la vuelta a la situación anterior. A veces por convicciones ideológicas pero, más generalmente, por una absoluta falta de reflexión. Ya sea un juez que reivindica el coscorrón para restaurar el “respeto” entre padres e hijos, o un ministro que pretende resolver los problemas de acoso imponiendo disciplina, el proceso suele ser el siguiente:  1.- Un personaje público lamenta lo inaceptable de la situación actual. 2.- Recuerda cómo eran las cosas cuando él o ella era niño. 3.- Concluye, claro está, que funcionaban mucho mejor, puesto que ella misma es una excelente persona. 4.- Preconiza las viejas recetas...
Cuesta aceptar que los padres y maestros de hoy no disfrutemos de la misma autoridad que tenían nuestros antepasados. A mis abuelos sus hijos y alumnos les trataban de usted y hoy los nuestros nos llaman por el nombre de pila. Vivimos en una sociedad que se pretende democrática, tratamos de practicar otros valores. Muchas personas quieren dejar de ser autoritarias, pero se encuentran sin herramientas, no saben cómo hacerlo. Es frecuente que caigan en el laxismo, en el "dejar hacer", en la pérdida de referencias. Esto es un error, pero también forma parte del camino necesario para pasar al otro lado. Para desarrollar nuevas formas de relacionarse con los niños, niñas y jóvenes desde la intimidad, la emoción, el diálogo, los acuerdos y una autoridad natural que se ejerce, en primer lugar, sobre una misma. Así se transforma la sociedad y se construyen aprendizajes útiles para todos. Dejamos de necesitar aferrarnos a un papel y crecemos como personas. Empezamos a ser más auténticas, más "humanas". Asumimos que no sabemos, que podemos equivocarnos. En fin, que cada cual elija su camino…

Heike Freire
La película "Una pastelería en Tokio" nos ofrece un ejemplo de otra forma de vivir, pensar y sentir el mundo, muy cercana a lo que Piaget llamaba pensamiento mágico infantil. Ese primitivo animismo es quizás lo que deberíamos recuperar para empezar a relacionarnos de una forma no-instrumental con la tierra. Para ponernos a su servicio, en lugar de emplearla siempre como recurso.

Primero hay que acogerlas, conseguir que se sientan en casa” susurra Tokué mientras cocina su extraordinario anko, la riquísima pasta de judías rojas, utilizada como relleno de los bizcochos “dorayakis”, que hará las delicias de su jefe y de todo el vecindario. La anciana protagonista de “Una pastelería en Tokio” (Naomi Kawase, 2015), sabe acercarse al alma de las cosas. Habita un mundo vivo, donde todos los seres, animados e inanimados, tienen conciencia, voluntad y sentimientos. Las habas le cuentan la historia de sus viajes desde los campos de cultivo hasta la tienda de ultramarinos: “cuántas lluvias y cuántos días de sol han visto estas judías” exclama asombrada; el sol, los pájaros y los árboles la saludan y conversan con ella cada mañana.
En línea con la tradición animista japonesa, Tokué nos ofrece una visión holística del mundo que no separa lo material de lo espiritual. Todo está dotado de espíritu y, hasta las cosas más insignificantes, merecen ser atendidas con sensibilidad, cuidado y respeto. Esta actitud intensifica su propia existencia, amplía y profundiza su capacidad de estar presente y le permite abrazar la alegría y la belleza que somos.  Aunque enferma, puede decirse que Tokué es una mujer feliz. Antes de morir, enseña a sus amigos, Sentaro y Wakana, que una vida buena es una vida con sentido, construida en torno a aquello que amamos: ¿cómo puedes vender dulces si ni siquiera te gustan? pregunta un día escandalizada a Sentaro. El dibuja en su rostro una sonrisa amarga. Un ser humano que no puede elegir, ni disfrutar con lo que hace, se convierte en un esclavo sometido al deseo de otro; o, peor aún, en un simple mecanismo a merced de sus propios impulsos, una naranja mecánica. Junto a la luz de la inteligencia y la razón, no podemos olvidar nuestra necesidad de conexión y armonía. De una espiritualidad liberada de dogmas, instituciones y cultos, que exprese nuestra capacidad de honrar y celebrar la vida. Solo así podremos salir de estas epidémicas crisis, de estos vacíos de ilusión y esperanza marcados por el mercantilismo, el individualismo a ultranza y la pérdida de valores humanos, sociales y ecológicos.  Educar-Sí pero, sobre todo, educar-Se.

Heike Freire

Publicado en el periódico Escuela






Más que un trastorno orgánico sólido y coherente, el TDAH es una especie de “cajón de sastre” en el que se expresan una gran diversidad de problemáticas y “malestares” que aquejan a la infancia de hoy. Las labores de prevención y tratamiento deberían incidir sobre los contextos donde crecen niños y niñas, favoreciendo especialmente el contacto con la naturaleza, una educación y un estilo de vida más saludables. 
Las personas no somos muy distintas de los árboles: nacemos y crecemos a partir de una minúscula semilla, siguiendo el curso de nuestra naturaleza; brotamos hojas y flores y, cuando estamos maduras, producimos frutos. Nuestra salud y desarrollo dependen de las condiciones del entorno: los nutrientes de la tierra, el grado de humedad, la temperatura y calidad del aire…Es evidente que también nos configuran los cromosomas pero, en el histórico debate que enfrenta a los psicólogos “partidarios de la herencia” con los “partidarios del ambiente” se impone una especie síntesis: mis genes pueden contener un potencial de, por ejemplo, “baja estatura” pero el ambiente en el que he crecido (vínculos afectivos, dieta, hábitos…) y donde me muevo (subida a una tarima, con tacones, rodeada de pigmeos…) es el que finalmente determinará mi altura. Lo mismo sucede a nivel celular: las características del medio donde se cultivan las células madre determinan tanto su salud como el tipo de tejidos (óseo, muscular, nervioso…) en los que van a diferenciarse. A lo largo de generaciones, las condiciones ambientales van modulando los rasgos genéticos: por eso, la altura media de los españoles subió al menos diez centímetros en el último siglo.
Las posibilidades de transformación de los contextos son (o deberían ser) más amplias, sencillas y eficaces que las mutaciones genéticas. Sin embargo, nuestra sociedad prefiere actuar directamente sobre los organismos mediante sustancias químicas e intervenciones quirúrgicas. Tal vez porque, como señala el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, “lo que no queremos que cambie, hoy menos que nunca, es el actual orden social”…

Un trastorno de época
El espectacular aumento del diagnóstico de TDAH entre la población infantil de los países “desarrollados” en los últimos 30 años (un 300% aprox.) podría interpretarse como el descubrimiento de una nueva dolencia, si tuviera alguna consistencia. Pero bajo el paraguas de estas cuatro siglas se engloban comportamientos muy diversos (impulsividad, hiperactividad, falta de atención…) cuyo único punto común es que responden a la misma droga, el metilfedinato. Estas conductas se denominan erróneamente “síntomas” cuando, en el estado actual de la investigación, no se ha comprobado que provengan de una patología orgánica: ni los estudios de neuro-imagen ni los de mapas genéticos permiten medir una posible anomalía cerebral y actualmente los exámenes neurológicos se utilizan precisamente para descartar esa hipótesis. Además, desde su aparición en el DSM-III (1980), la literatura científica ha apuntado a numerosos y complejos factores etiológicos: ginecológicos y perinatales, pediátricos, asistenciales, alimentarios, familiares, educativos, sociales, ambientales… Son frecuentes los diagnósticos múltiples y la confusión con otras problemáticas (dislexias, disgrafías, deterioro cognitivo, conductas desafiantes…). Las evaluaciones a menudo resultan subjetivas: una maestra encontrará a este alumno “hiperactivo” mientras que otra, en otro entorno, lo considerará “normal”. La influencia de la socialización de género (y por tanto, de la cultura más que de la biología) también es patente: entre los diagnosticados con hiperactividad predominan los niños, mientras el déficit de atención lo presentan mayoritariamente niñas…Este curioso dato no parece chocar a los especialistas que, cegados por una especie de determinismo neurológico a la moda, siguen empeñados en confundir sexo y género. También es significativo el elevado número de diagnosticados que son adoptados, proceden de familias con dificultades económicas, sociales o afectivas, tienen altas capacidades o talentos especiales no reconocidos por la escuela, atraviesan algún tipo de duelo, sus procesos madurativos son más “lentos” que la media etc…. Por otro lado, se ha comprobado que el ruido y la contaminación ambiental en las ciudades afectan negativamente al delicado cerebro infantil en desarrollo. Del mismo modo que le perjudican el exceso de sedentarismo y la sobre excitación que producen las pantallas, cada vez más presentes en la vida de niños y niñas, que no disponen de espacios ni tiempo suficiente para “descargarla” a través del juego espontáneo. Las elevadas exigencias sociales y educativas, tendentes a normalizar y homogeneizar a la población; la presión por los resultados académicos y el  consecuente estrés escolar en nuestra “sociedad del rendimiento”; la represión social del dolor y las emociones consideradas “negativas”, o el incremento en el consumo de azúcar refinado y, en general de la comida basura, sin ácidos grasos esenciales ni suficiente hierro, son otros de los múltiples factores que los expertos han relacionado con los “comportamientos TDAH”. Por eso muchos profesionales lo consideramos un simple “cajón de sastre” para una amplia variedad de dificultades sociales y de aprendizaje que aquejan a la infancia de hoy. Más que una dolencia específica y orgánica, este conjunto de respuestas hablan de los enormes esfuerzos que están haciendo las criaturas de hoy para adaptarse y crecer en entornos cada vez menos saludables, que no les permiten satisfacer necesidades básicas ancestrales de nuestra especie como el movimiento, el tacto y el contacto con la naturaleza.

 La falta de Vitamina N
Según los estudios clásicos de Psicología ambiental, las tareas que exigen una atención “dirigida” o “concentrada” (y requieren inhibir la percepción de otros estímulos, así como los impulsos y pensamientos “inadecuados”) producen fatiga. En estas situaciones, individuos no diagnosticados con TDAH muestran temporalmente muchos de los comportamientos atribuidos al trastorno. Aunque uno sería “permanente” y el otro “temporal” (desaparece cuando descansamos) los “síntomas” del déficit de atención y de la fatiga de atención son muy similares, e incluso se utilizan escalas semejantes para medirlos. Se ha demostrado que los entornos naturales ayudan a recuperar nuestra atención (o como dicen Rachel y Stephen Kaplan a “restaurarla”), porque alivian la tensión que supone focalizarnos en unos pocos estímulos. El bienestar que experimentamos después de pasar tiempo en la naturaleza (ya sea dando un paseo por el campo, visitando un parque, plantando un huerto, mirando árboles desde la ventana o contemplando la foto de un paisaje) puede ser fruto de ese “efecto restaurador” que según los investigadores mejora al mismo tiempo otros procesos cognitivos como el pensamiento y la memoria.
La naturaleza tiene también un “efecto moderador” o amortiguador del malestar que causan acontecimientos estresantes en la vida de niños y adultos, como problemas laborales y económicos, conflictos y duelos familiares, exigencias escolares excesivas etc…
Si los entornos naturales mejoran los procesos cognitivos y el grado de bienestar y relajación de individuos no diagnosticados, ¿es posible que también ayuden a los afectados?. ¿Las personas con TDAH podrían simplemente ser más sensibles que el resto de la población a la fatiga de atención y al estrés?. Con estas hipótesis, el Laboratorio del Paisaje y la Salud Humana de la Universidad de Illinois (USA) ha realizado recientemente una serie de experimentos que muestran cómo las actividades y el juego espontáneo al aire libre reducen significativamente las dificultades típicas del TDAH. Después de pasar tiempo en la naturaleza, niños y adolescentes diagnosticados con el trastorno muestran con menor frecuencia esas conductas y muchos llegan a limitar o incluso a abandonar definitivamente la medicación.  En uno de estos estudios, los padres puntuaron los efectos de 49 tipos de actividades distintas (pasear, leer, correr...), sobre los comportamientos de hiperactividad, falta de atención e impulsividad de sus hijos. Las actividades se clasificaron en tres tipos: realizadas en espacios interiores, al aire libre en medio ambiente construido y en entornos verdes. Estas últimas son las que más contribuyeron a reducir los síntomas.
En otro estudio, los niños con TDAH fueron evaluados en un entorno controlado después de “dar una vuelta” por uno de los tres ambientes clasificados según el “grado de verde”: un parque, un barrio y una zona residencial tranquila.  Los hallazgos confirman que después de jugar en un medio natural las criaturas son más capaces de concentrarse, completar una tarea y seguir instrucciones. Sus funciones de atención mejoran considerablemente, así como también su nivel de relajación y su capacidad de autocontrol. Cuanto más naturales son los espacios y con mayores índices de biodiversidad, mejores los resultados. La vitamina “N”, (en palabras del escritor Richard Louv), tiene un efecto positivo incluso cuando los resultados con otros tratamientos son limitados. Además, esta terapia es ampliamente accesible, no genera costes, no estigmatiza y no tiene efectos secundarios…
Tal vez por eso, algunos pediatras prescriben un “descanso” de la medicación durante las vacaciones y/o los fines de semana. Y muchos analistas consideran el metilfedinato una “droga del estilo de vida” (como los antidepresivos, los somníferos o los medicamentos para adelgazar), necesaria para adaptarse a una forma de vivir (y de aprender) que es, en sí misma, paradójicamente, enferma.
Todas estas investigaciones apuntan las ventajas de introducir cambios sustanciales en los ambientes donde crecen y se desarrollan niños y niñas, diseñando entornos escolares que contribuyan a satisfacer sus necesidades auténticas y a mejorar sus condiciones de vida. Escuelas que ayuden a minimizar sus sufrimientos, en lugar de contribuir a acrecentarlos… y un sistema educativo que vuelva a poner en el centro de su labor el bienestar de los alumnos.

¿Qué hacer concretamente en la escuela?
Adaptar las características y estructura de la institución escolar para atender a las necesidades que niños y niñas no pueden satisfacer en el mundo “moderno” ayudaría a prevenir muchas dificultades de aprendizaje y comportamiento e incluso podría tener un efecto terapéutico. ¿De qué necesidades y adaptaciones estamos hablando? . Aunque con limitaciones de espacio, vamos a ofrecer algunas pistas.
 
Fomentar el movimiento autónomo
Seguramente es la primera vez en la historia de la humanidad que vivimos de una forma tan completamente sedentaria. Los niños de hoy pasan aproximadamente el 76% del tiempo sentados o acostados. Sus dificultades para estar quietos no representan una involución en las habilidades del ser humano, sino más bien todo lo contrario. El movimiento es una necesidad fisiológica tan esencial como comer o dormir. Contribuye a la madurez del sistema nervioso, regula el nivel de activación energética, agudiza nuestros sentidos y desarrolla la inteligencia y la creatividad.  Estudios noruegos confirman que algo tan sencillo como ir andando o en bici al cole, mejora la atención y la impulsividad: los alumnos están más atentos, concentrados, relajados y rinden mejor.  Además, contra lo que suele creerse, pensar moviéndose favorece la conexión mente-cuerpo y consolida un aprendizaje más profundo. Todo lo que potencie el movimiento y la actividad autónoma en el aula o fuera de ella, como el trabajo con materiales concretos, en pequeños grupos, la observación de campo o los proyectos pluridisciplinares, puede ser beneficioso.  
Enseñar desde la atención plena
Muchos maestros utilizan la repetición para asegurarse que los conocimientos quedan “grabados” en la mente del alumno. Pero esto favorece la rutina, la pasividad y las respuestas automáticas. Transmitir procesos de creación vivos, en lugar de hallazgos pasados y contenidos muertos, animar a los alumnos a imaginar otros puntos de vista y permitirles que se apropien las enseñanzas a partir de sus intereses y motivaciones son maneras de conseguir que se mantengan presentes, despiertos y activos.
Frenar el consumo de pantallas
Uno de los elementos principales del modo de vida sedentario son las pantallas. Debido a la intensidad y velocidad de sus estímulos, la sobredosis de tecnología provoca un estado de alerta permanente que produce fatiga atencional y al mismo tiempo agitación, ansiedad y estrés. Algunas investigaciones han encontrado una correlación entre el tiempo de pantalla, en la primera infancia, y la probabilidad de presentar “conductas TDAH” unos años más tarde. Las escuelas deberían gestionar la tecnología con racionalidad y ofrecer a los padres información y formación sobre los peligros de un consumo excesivo.
Abrir la escuela a la naturaleza
Hay muchas formas de fomentar el contacto con la naturaleza desde la escuela, por ejemplo: organizar excursiones a espacios naturales, utilizar parques y naturaleza próxima al centro para realizar actividades o embarcarse en la transformación de los patios escolares para convertirlos en jardines, bosquecillos, huertos y granjas. Más allá de una simple labor decorativa, se trata de un proceso de cambio profundo que afecta a la forma en que se organizan tiempos y espacios en la escuela y se acompañan y validan aprendizajes. En la práctica es posible impartir todo el currículo de infantil, primaria y secundaria en entornos naturales.
Favorecer el juego libre
El juego espontáneo, especialmente al aire libre, es uno de los principales factores de salud y bienestar para la infancia: regula los estados de ánimo, alivia el estrés, la ansiedad, la depresión, reduce la agresividad, los problemas de sueño…y ayuda a adquirir hábitos saludables. El juego brusco (peleas, persecuciones…) desempeña, según el neurocientífico Jaak Panksepp, un importante papel en la producción de dopamina, el famoso neurotransmisor que favorece la concentración: permite compensar la “inmadurez cerebral” de algunas criaturas con ritmos de desarrollo más lentos mediante la producción natural de esta sustancia. Algunos expertos señalan que un niño sano necesita al menos tres o cuatro horas diarias de juego libre. La escuela podría ofrecerles más oportunidades de juego en lugar de impedírselo con un exceso de lecciones magistrales y deberes.
Atender a la singularidad de cada persona
La falta de atención desaparece cuando al alumno le interesa lo que está aprendiendo (motivación intrínseca). La escuela debe centrarse en los gustos e intereses de los alumnos, en lugar del currículo. Que sean los auténticos protagonistas de su educación para poder elegir y decidir dentro de un sistema que valore sus capacidades, respete sus ritmos y les ayude a desarrollar sus talentos. 

Artículo publicado en la revista Cuadernos de Pedagogía, 463. Enero 2016
Intervención en la presentación de los talleres "Félix en tu escuela".
Agradecida por la invitación y encantada de estar aquí para hablar de infancia y naturaleza, dos de las “cosas” que más me apasionan. Así que voy a empezar evocando mi niñez.
Aunque ha pasado mucho tiempo, aún recuerdo la voz grave y pausada de Félix resonando en la oscuridad brillante de nuestro salón. Acurrucados en el sofá, como miles de otras familias españolas, niños y adultos contemplábamos fascinados la vida del hurón, del lobo o de la cabra hispánica. Sus aventuras, sus secretos nos hacían estremecer o nos llenaban de ternura, pero nunca nos dejaban indiferentes. Gracias a sus famosos programas y documentales, varias generaciones crecimos conociendo un poco más la flora y fauna de los ecosistemas ibéricos. También aprendimos a apreciarla como un valor en sí misma, a reconocer su derecho a vivir y desarrollarse con independencia de su utilidad para el ser humano y, muchas veces, a pesar de ella. Dimos un paso fundamental desde la estrechez del antropocentrismo imperante, hacia una comprensión biocéntrica, interdependiente y plenamente igualitaria del planeta.  Intuimos que era posible derribar las fronteras entre el mundo humano y el no humano, para llegar a una forma de conciencia más amplia…
La profunda visión del “Amigo de los animales” iba más allá del mero conservacionismo y superaba también la manida dicotomía naturaleza/cultura. Fue uno de los primeros en advertir las consecuencias negativas para todos los seres vivos, incluido el hombre, de un “progreso” mal entendido. Comprendía la verdadera naturaleza del ser humano, y comparaba “los problemas de los jóvenes en las sociedades avanzadas, con la sintomatología que presenta el animal de laboratorio, arrancado prematuramente de su biotopo y  enjaulado”. Félix diagnosticó con extrema precisión las consecuencias de nuestra falta de contacto con el mundo natural: “Vivimos más años que nuestros antepasados primitivos, disfrutamos de más confort que los “salvajes”, estamos casi exentos de dolor, de muchas enfermedades, del hambre, la sed y la fatiga. Pero nos reímos mucho menos que los pueblos primitivos. Nos aburrimos infinitamente más, y carecemos de la espontaneidad, el optimismo permanente y la fé en sí mismo que tiene el hombre de la naturaleza. La impresión que han sacado todos los viajeros y etnólogos que entraron en contacto por primera vez con tribus de cultura antigua, bien sea en los árticos, en los desiertos africanos o en la estepa australiana, es la de su permanente felicidad, alterada únicamente por los imperativos del medioambiente, imperativos a los que generalmente estaban magníficamente adaptados. Y la hospitalidad, la ayuda mutua, la sinceridad, el carácter “infantil” de los hombres de la naturaleza, son virtudes en las que coinciden todos los científicos que los han estudiado. ¿Por qué han perdido los hombres civilizados todas estas características del comportamiento que podrían encerrarse en la palabra “espontaneidad”? ¿Por qué tienen que pensar tantas veces las cosas antes de realizarlas?. Seguramente porque llevamos mil años alejados de la naturaleza.”[1]  
Aunque con más sensibilidad medioambiental, nuestra sociedad sigue avanzando en la dirección equivocada. Los niños de ayer nos hemos convertido en los padres y abuelos de hoy y, muchas veces, nos sentimos desbordados e impotentes frente a los problemas que aquejan al planeta. Dentro de unos días se celebrará, en un París devastado por los atentados, una nueva cumbre mundial sobre el cambio climático.  Quizás la octava, si no he contado mal. Mientras los niveles de CO2 en la atmósfera no dejan de aumentar. Hace un par de años, Gustave Speth, ex_asesor de la Casa Blanca comentaba: “Antes pensaba que los principales problemas medioambientales eran la pérdida de biodiversidad, el colapso de los ecosistemas y el cambio climático. Creía que en 30 años más de investigación científica podrían resolverse. Pero me equivocaba. Los principales problemas medioambientales son el egoísmo, la avaricia y la apatía. Para manejarlos necesitamos un cambio cultural, una transformación espiritual. Y nosotros los científicos no sabemos cómo hacerlo….”[2]
Creo que Félix estaría de acuerdo con el análisis de Speth. Y también coincidiría con los profesionales que entendemos esos “defectos morales” (para algunos “virtudes”) como trastornos mentales, formas de locura provocadas por un estilo de vida que nos separa de nuestro vínculo original con la tierra. Aunque no figuren en el manual diagnóstico de la Asociación Americana de Psiquiatría.
Estoy segura que estos talleres, que recuperan el legado de Félix para nuestros niños y jóvenes, aportarán su pequeño grano de arena en esa transformación cultural que tanto necesitamos.
Muchas gracias


[1] Animales Salvajes (1984). Citado en Educar en verde, p. 27
[2] Crocket, Daniel (2014): “Nature conection will be the next big human trend”. www.huffingtonpost.co.uk
 
La creciente urbanización y el estilo de vida “moderno” han alejado progresivamente a los niños y niñas del contacto con la naturaleza en un sentido amplio (personas, animales, vegetales, minerales, luz, aire…). Las ciudades, convertidas en lugares inhóspitos, por los que se transita rápidamente, ya no resultan acogedoras para la infancia. La contaminación, el ruido, los numerosos peligros y los escasos espacios verdes son condiciones ambientales que, junto a los hábitos de vida sedentaria y, en general, poco saludable, afectan negativamente a los delicados organismos infantiles en proceso de crecimiento.

Pincha aquí para seguir leyendo este artículo de Heike en la web de la Fundación Roger Torné

Hace unos meses, falleció una maestra de infantil que había ejercido casi toda su carrera en el mismo centro. Tras la reunión, convocada para decidir como dar la noticia a los alumnos, la comunidad escolar quedó dividida: alrededor de la mitad de los padres y profesores prefería pasar de puntillas sobre el hecho y no darle demasiada importancia. A la otra mitad, en cambio, le parecía esencial reconocer e integrar la experiencia en la vida cotidiana de la aulas: acompañar a los alumnos en la expresión de los sentimientos, emociones, preguntas, ideas, creencias…que les suscitara, y permitirles elaborar el duelo a través del arte, los cuentos y otras formas de simbolización.
Vivimos literalmente bombardeados con imágenes de una violencia extrema y, sin embargo, la muerte se ha convertido en un tabú que solo resulta aceptable cuando se vuelve aséptica, abstracta, lejana y se disfraza de ficción. Aunque la mayoría de los niños se acerca espontáneamente a ella con gran naturalidad, los adultos tendemos a ocultársela para "no dañar su sensibilidad”; con ello, solo conseguimos privarles de una excelente oportunidad de vincularse con la vida.  
Cuando yo era pequeña, el día de difuntos constituía un auténtico hito en nuestra educación para la muerte. Recuerdo el intenso olor a tierra, incienso y flores podridas;  las lagartijas, lombrices y caracoles que perseguíamos, a veces solo con la mirada;  el silencio cuajado de murmullos y cuchicheos; la excitante y pavorosa aventura de perderse entre las tumbas; o las increíbles historias de abuelos, bisabuelos y tatarabuelos, héroes y heroínas cuya existencia se entrelazaba con la nuestra y que seguían ahí, en la memoria, estando sin estar…
El misterio de la muerte nos enseña muchas cosas sobre la vida: aprendemos a soltar, a no saber, a no necesitar controlarlo todo. Nos enfrentamos con el miedo a nuestra propia desaparición y rescatamos intensidad, ganas de disfrutar y compartir esta maravillosa oportunidad. Percibimos la unidad, la conexión e interdependencia de todas las cosas, la larga cadena de sucesos y de seres que nos han precedido. Y descubrimos que vivimos en un mundo con alma, más allá de lo físico, pero también más acá, en nuestra capacidad de experimentar empatía, compasión y tristeza.

Publicado en el periódico Escuela

Hace unas semanas, Yaacov Hecht, creador del concepto de “educación democrática”, con más de 1000 escuelas repartidas por todo el mundo, explicaba en Madrid uno de sus principios esenciales: el plan de aprendizaje personalizado en el que cada alumno decide qué, cómo, cuándo, dónde y con quién desea aprender. Al escucharle comprendí que nuestra democracia representativa ha terminado convirtiéndose en una democracia para los representantes, una forma de oligocracia en la que una pequeña élite dispone y al resto nos toca obedecer… En educación, como en los demás sectores, son los políticos quienes disfrutan del poder de decidir, da igual que no posean los conocimientos ni la experiencia necesaria y que se dediquen “a estudiar por las noches”.... Legitimados por unas urnas indolentes y clientelistas, a nadie deben rendir cuentas. Gobiernan simplemente porque están ahí y desde la cúspide de esa pirámide eligen pomposamente las materias que, por ejemplo, Tristán (una persona de 16 años, madura y responsable), estudiará este curso en primero de bachillerato, sus contenidos y exactamente el número de horas que dedicará a cada una de ellas. Por supuesto, en otra comunidad, con otros señores, ese mismo alumno tendrá más o menos horas de matemáticas, lengua, plástica, educación para la ciudadanía, religión o música. La arbitrariedad, los intereses partidistas, la falta de consideración y un completo desprecio hacia los complejos procesos que rigen el aprendizaje y la motivación humanas dictan nuestras leyes. Nadie ha preguntado a Tristán ni a sus compañeros, auténticos protagonistas de esta historia, por las cosas que les gustan, las que les apasionan y en las que brillan sus talentos. Incluso algunos se escandalizan con la idea: “¿cómo sería una sociedad en la que todo el mundo hiciera lo que le diera la gana??!!!”, preguntan asustados. Y sin embargo, encuentran aceptable que por afán de control e incapacidad para desempeñar su trabajo A Su Nivel (plantear metas, crear sentidos, dar valores y definir grandes objetivos), nuestras élites estén haciendo precisamente lo que deberían hacer los alumnos. El caos de los de arriba parece ordenado porque contiene órdenes. Y la escuela no puede ser mejor espejo del mundo en que vivimos. 

Heike Freire
(Publicado en el periódico Escuela)