Muchas de nosotras fuimos niñas “rebeldes”, en los años 60, 70 y 80: rechazábamos todo lo que oliera a una feminidad forzada y encorsetada; nos negábamos a asumir las actitudes típicamente “mujeriles” y preferíamos escalar rocas, embarrarnos en el lodo o tumbarnos a leer a la sombra de un árbol. Más tarde, defendimos la igualdad de género en nuestra vida personal, social y laboral…mientras escuchábamos que la causa del feminismo estaba superada, que las mujeres habíamos conseguido, finalmente, tener los mismos derechos que los hombres. ¿De veras?, preguntamos sacudiendo la cabeza para salir de aquel delirio quijotesco contra unos inofensivos molinos que, sin embargo, sabíamos gigantes.
Ha pasado el tiempo y, quienes soñamos con horizontes de mil colores, nos hemos despertado en un mundo rosa para las niñas y azul para los niños. Un paisaje de fantasías principescas, cuentos de hadas, juegos, películas y toda clase de artículos de consumo con versión masculina y femenina.
La igualdad resulta más formal que real: estamos lejos de haber conseguido la justicia política, social y económica a que aspiramos. Los valores sexistas salieron por la ventana, solo para volver a entrar por la puerta. Y en ese recorrido, la ideología patriarcal se ha ido metamorfoseando: ya no se limita a oprimir a las personas desde afuera, agobiándolas con ideales, normas y prohibiciones. Ahora se ha hecho carne incrustada en la identidad individual y colectiva, se ha transmutado en inferioridad moral y emocional, en una pérdida no solo de valor social sino, incluso, del sentido del valor propio…Resulta tópico afirmar que a las mujeres, en general, nos falta autoestima. Los manuales de auto-ayuda repiten el mantra hasta la saciedad: “Quiérete a ti misma”, ¿no fue eso lo que dijo Sócrates?
Tal vez ese amor debería inocularse en nuestros genes, verdaderos responsables, según la nueva pseudo-neuro-ciencia, de unas diferencias cerebrales que explicarían el “fracaso” del feminismo.   Ellos, y no las sutiles discriminaciones vividas desde el útero materno, dan cuenta de unas necesidades específicas que aconsejarían la vuelta a la educación segregada. En el bazar del todo vale, elija usted los argumentos que mejor le convengan…
Sin embargo, no parece genético que las niñas de 11 años estén mayoritariamente insatisfechas con sus cuerpos: precisamente cuando empiezan a desplegar sus atributos femeninos, dejan de sentirlos como una irradiación de su propia subjetividad, y empiezan a vivirlos como un objeto para otro…. La extraordinaria presión social y psicológica por lucir una figura “perfecta” es probablemente una de las causas principales de la estrepitosa incidencia de los trastornos de alimentación en la adolescencia.  Millones de mujeres de todas las edades, en todo el mundo, recurren a procedimientos estéticos cada vez más sofisticados y violentos para cambiar sus rostros, sus siluetas, sus senos o la apariencia de sus genitales.  Jóvenes, nacidas y educadas en democracia, reproducen voluntariamente modelos relacionales de sumisión-dominación, toleran comportamientos abusivos, poco respetuosos con sus derechos y libertades. La persistencia de una fuerte relación entre atracción y violencia, se combina con el alto grado de mercantilización y deshumanización de la sexualidad que interfiere en la capacidad de las personas para forjar vínculos sanos y auténticos…
Acaso fue un error pensar que con parecernos a los hombres sería suficiente. Imaginar que co-educar equivaldría a educar para la igualdad de género. O quizás los discursos escolares sean incapaces de competir con el poder de seducción que despliega el mercado. Posiblemente necesitemos conocernos mejor, comprender de qué modo, sin darnos cuenta, vivimos y transmitimos la ideología dominante. Y plantear una evolución conjunta de los roles, en el marco de una cultura del buen trato.
Estimadas lectoras y lectores,
os comparto el video del evento "Gestionando hijos" el pasado mes de diciembre en Madrid. Espero que os guste. Tengo que confesar que fue uno de los momentos más estresantes de mi vida. Cuando me subí al escenario descubrí un enorme cronómetro que hacía la cuenta atrás de los 17 minutos acordados y ya no pude quitar los ojos de él. Solo que cuanto más lo miraba, más nerviosa me ponía. Sentí una gran admiración por personas como Carles Capdevilla, capaces no solo de permanecer tranquilos en una situación como esa, sino incluso de divertirnos. Ya le he dicho a Leo Farache que seguiré practicando....aunque...no se -:)....



"No tengo ni idea de cómo aprendió a leer", respondió el educador inglés David Gribble durante una entrevista que mantuvimos hace casi dos décadas en Sands School. Me quedé estupefacta. ¿Qué clase de educador era aquel a quien no parecía preocuparle el progreso de sus alumnos ? ¿Qué les estaba enseñando? ¿Cuál era entonces su papel como maestro?
Tardé muchos años en darme cuenta que su actitud no respondía a una negligencia en el ejercicio de su profesión sino a una voluntad, consciente y meditada, de confiar y respetar al máximo los procesos de los alumnos permitiéndoles disfrutar de ellos. El simple hecho de intentar controlar el aprendizaje de los niños lo convierte en trabajo en lugar de placer y disfrute.
Hoy todo parece ir en sentido contrario y los estudiantes tienes cada vez más exámenes. Unos 300 por curso, entre controles, parciales, finales, recuperaciones, evaluaciones diagnósticas...y test de orientación.
La tendencia es además, a administrar pruebas cada vez más tempranas. Las cifras de los exámenes se han convertido en un indicador de competitividad entre los estados y sus resultados recuerdan a los de las ligas de fútbol. Lo que las estadísticas no cuentan es el estrés y el sufrimiento de los niños y adolescentes, ni el elevado índice de los que, incapaces de soportar la presión, deciden tomar algún tipo de fármaco o incluso suicidarse. Corea, por ejemplo, es uno de los primeros países en las listas de PISA, pero también en los estudios sobre infelicidad infantil. La manía de los test y las puntuaciones está asfixiando a alumnos y profesores. Muchos deciden negarse a administrar las pruebas de medida del progreso académico que les imponen los gobiernos. Argumentan que no es bueno para los estudiantes, resulta inútil para valorar los progresos reales en el aprendizaje, consume horas lectivas que podrían dedicarse a actividades más interesantes, y es muy costoso. Máxime cuando EXISTEN enfoques de evaluación más abiertos, continuos y vinculados con el aprendizaje.
Sin duda los exámenes son una de las principales causas de estrés, baja autoestima, depresión y otros problemas psicológicos en la infancia. No ofrecen las condiciones adecuadas para que una persona de lo mejor de sí. En lugar de medir sus habilidades reales, evalúan su capacidad para enfrentarse a situaciones de tensión, una variable que depende más de la calidad y calidez de su entorno familiar y afectivo, que del aprendizaje.
Estas son algunas de las razones que presenta el movimiento Students Agains Test, que está tomando fuerza en EEUU y otras partes del globo:
- Son un negocio para las editoriales,
- No resuelven los problemas educativos,
- Penalizan a los alumnos diferentes (de clase baja, de otras culturas, etnias etc)
- Se les concede una importancia exclusiva y desmesurada, llegando a sentenciar la trayectoria vital de una persona,
- Producen estrés y depresión
- Convierten las escuelas en fábricas de resultados y diplomas, donde los estudiantes son solo un número.
Curiosamente, cuando se pregunta a los alumnos por los exámenes suelen ser bastante conservadores, muy poco incendiarios. No piden que se eliminen definitivamente en pro de formas de evaluación más cualitativas y provechosas. PIDEN QUE SE RACIONALICEN. Que se elimine el EXCESO DE CONTROL. Y se combine con otros criterios.
Si solo les escucháramos...

Heike Freire 



Para quienes no pudísteis acercaros a mi conferencia en Florida Universitária, aquí tenéis una nueva oportunidad de encontrarnos en Valencia. Volem Créixer es una asociación de familias conscientes de la importancia de educar con la naturaleza. El domingo haremos tribu para caminar la ruta de los molinos de Buñol y trabajar con ese maravilloso espejo que es el mundo natural. Un espejo que nos ayuda a Crecer con nuestros hijos e hijas. Que nos enseña a sentir y a cuidar la vida. Estoy segura que será una experiencia apasionante para todas!


El escritor y activista budista Sulak Sivaraksa se ha convertido en un emblema para todo un sector de la juventud tailandesa, que sueña con un país menos “desarrollado” pero más justo, humano y sostenible, capaz de apoyarse en su historia y sus valores tradicionales para mirar con confianza hacia el futuro. Defensor de los pobres rurales y urbanos, este octagenario es uno de los líderes de la resistencia popular contra los excesos de la globalización y el desarrollismo económico que están transformando radicalmente el país. Acusado, en varias ocasiones, y condenado al exilio por criticar abiertamente la política del poderoso rey Bhumibol Adulyadej (Rama IX), Sivaraksa se mantiene fiel a sus convicciones y habla con la tranquilidad que le otorga medio siglo de resistencia pacífica a sus espaldas.

- Tailandia es actualmente la segunda economía más fuerte del sudeste asiático. ¿Cómo valora este espectacular crecimiento?
Mi valoración no es muy positiva. La moderna cultura económica ha contribuido al deterioro de los valores morales clásicos y de la visión espiritual del mundo, trastocando la comprensión de la existencia humana y de lo que constituye una vida buena y feliz. El desarrollo es exclusivamente material, a expensas del medio ambiente y de una distribución justa de la riqueza.

- Usted es muy crítico con la sociedad de consumo...
En un nivel profundo, el consumo recibe su vitalidad de la ilusión de autonomía del individuo, que la cultura occidental separa artificialmente del vínculo innato con sus iguales y con la naturaleza. Un ser humano solo, arrojado al mundo, con una existencia independiente de sus relaciones sociales y afectivas con los demás seres vivos.
Esta ilusión del “yo” es para los budistas la principal causa del sufrimiento. Nos volvemos ontológicamente extraños a los demás y también a nosotros mismos. Solo podemos realizarnos, en el acto de consumir: “compro luego existo” diría Descartes, si viviera hoy.

- Esta ilusión de separación ¿es la responsable de la destrucción del entorno?
Yo diría que sí. La cultura occidental está basada en tres ideas completamente erróneas: que la humanidad es independiente de la naturaleza, que los seres humanos somos dueños de la tierra, y que la felicidad resulta de adquirir bienes materiales.

- Pero nada está aislado...
Por supuesto que no. El mundo es un conjunto interdinámico, un todo cooperativo, una red de relaciones donde todo está vinculado con todo: sin la madre tierra no podemos sobrevivir, sin los árboles, o los ríos..Y pretender que somos propietarios del planeta resulta absurdo. En India, por ejemplo, el estado de Rajastán ha declarado que cada gota de lluvia pertenece al gobierno, que dará las oportunas concesiones, a compañías privadas, para venderla y comprarla. ¿Cómo se puede poseer la lluvia?. En cuanto a la felicidad de consumir...sabemos por experiencia que es momentánea...
 
- ¿Por qué nos gusta tanto comprar?
Los seres humanos venimos al mundo con la sensación de no estar completos, un sentimiento que la industria capitalista aprovecha para crear necesidades artificiales, y producir objetos que “garantizan” su satisfacción. Nos crea la ilusión que con ellos, podremos estar más atractivos, evitar el dolor, la enfermedad, la vejez, incluso la muerte. El consumo se dirige, exclusivamente, a la dimensión mental, material y económica del ser humano; potencia la ignorancia, el odio y la avaricia..., (las tres causas principales del sufrimiento según el Buda) y excluye otros aspectos más auténticos. Nos volvemos individualistas, mecánicos y egoistas.

- ¿Podemos evitarlo?
Sí, si limitamos nuestra avidez y codicia. Si somos conscientes que no necesitamos más; que podemos vivir de forma más austera, más sencilla..., sentirnos más ligeros con menos. Y si practicamos la generosidad: así comprendemos hasta qué punto nuestro bienestar y supervivencia dependen de la calidad de nuestro compromiso con los demás seres vivos. Además, es el mejor antídoto contra el miedo, porque refuerza la confianza en la vida.

- Se trata de encontrar la paz y la felicidad en nuestro interior...
Y también fuera. Como todo está interconectado, si solo te preocupas por tu felicidad, vas a crear más sufrimiento. En cambio, si te preocupas por la de los demás, te ayudas también a tí mismo. Te elevas desde lo mental a lo espiritual, a través de los otros. Y no estoy hablando solo de los seres humanos; me refiero a todos los seres sensibles. Esto es lo que dice la filosofía budista, pero debes aprender cómo practicarla.

- Entonces, ¿qué es la riqueza para usted?
Hace algunos años, James Wolfensohn, el antiguo presidente del Banco Mundial me hizo una pregunta parecida: ¿qué es la prosperidad desde el punto de vista budista?. Mi respuesta fue: ser próspero es estar presente, con plena atención en cada momento; es ser autosuficiente, es decir, no depender de fuentes lejanas para tu subsistencia; y sentirte satisfecho con lo que tienes. A nivel ecológico, la prosperidad se define como “más seres”. Cuanto mayor es la biodiversidad, más posibilidades hay de alcanzar la iluminación que solo puede realizarse colectivamente.

- Para eso tendríamos que cuidar la tierra...
Sí, pero no solo pensando en nosotros mismos, en obtener recursos, agua y aire limpios... etc, de una manera instrumental, como pretenden algunos ecologistas. Deberíamos cuidar de todos los seres sintientes porque son nuestros iguales y merecen cariño y respeto. Además, la naturaleza también nos cuida. Creer que solo nosotros la protegemos es una ilusión carente de humildad.

- ¿Cómo definiría el budismo?
Es una técnica para ayudarnos a salir de nuestro aislamiento. Cuando se practica conscientemente, permite transformar la avaricia en generosidad, el odio en compasión y la ignorancia en sabiduría. Su esencia es la no-violencia y la interconexión de todos los seres. Contrariamente a la sociedad de consumo, nos invita a enfrentar el sufrimiento; a darnos cuenta que es inevitable envejecer, morir..Y a comprender sus causas.
- No sabía que había “budistas activistas”
No me extraña. La espiritualidad, en Occidente, se ha difundido como una forma de escapismo. Para el auténtico budismo, solo crecemos espiritualmente a través de nuestro compromiso con los demás seres. No hay otra manera. Practicando la compasión, aprendemos a reconocer el sufrimiento de otros y tratamos de aliviarlo. Vivimos con los que se afligen y compartimos su dolor. Quienes pertenecemos a la clase media, por ejemplo, nos acercarnos a los pobres no para ayudarles, sino para aprender de ellos. En este país, centenares de monjes budistas han arriesgado su vida para evitar la deforestación y la explotación indiscriminada de los bosques. Esta es la verdadera práctica. 

-¿Cree que la educación podría cambiar el sistema?
La educación occidental fomenta la ilusión del ego y está basada en la codicia de conocimientos y diplomas. Además, tiende a alejar a los niños de sus iguales y de la naturaleza. El sistema escolar va siempre en un único sentido, del maestro al alumno, cuando debería ir en dos direcciones: ambos pueden aprender el uno del otro. Si eres humilde estás abierto y aprendes de todos los seres. También aprendemos de los árboles...

- ¿Puede darnos algún consejo?
Respirar conscientemente, sintiendo el amor, puede ayudarte a reestructurar tu conciencia. Así aprendes a elevarte a todos los niveles: físico, mental, espiritual... Y observar la forma en que piensas, porque el pensamiento puede ser muy útil, pero también puede ser dañino.

- ¿Tal vez meditar?
A través de la meditación se alcanza un estado de alegría, tranquilidad y armonía con uno mismo y con los demás. Pero debes elegir el tipo de meditación adecuado, que no fomente el escapismo: debe llevarte a confrontar el sufrimiento y a actuar para erradicar la violencia estructural que existe en la sociedad. Todo activista debería meditar y todo meditador debería activarse.


El acuerdo tácito por el que la mayoría de los adultos defendemos la importancia de los deberes escolares para la educación de nuestros hijos y alumnos, me recuerda el famoso cuento de Andersen titulado “El traje nuevo del emperador”: seguramente por miedo a perder nuestros privilegios, ninguno de nosotros se atreve a admitir que el rey va desnudo... Sin embargo, una revisión cuidadosa de la literatura científica, como la que realiza Alfie Kohn en “El mito de los deberes” (Kaleida, 2013) muestra que no existen pruebas concluyentes de su eficacia para mejorar el aprendizaje y/o adquirir hábitos de trabajo, especialmente en primaria. Con todo, la carga de deberes escolares no ha dejado de aumentar en los últimos 30 años y, junto con las actividades extraescolares, son una de las principales causas del estrés y del escaso tiempo libre del que disfrutan los niños y niñas de hoy para jugar y descansar. Si tenemos en cuenta el decisivo papel del juego espontáneo en el desarrollo infantil, ésta sería ya una razón suficiente para que los deberes desaparecieran o, al menos, para que se transformaran. Además, sus contenidos suelen consistir en aburridas repeticiones de enunciados (supuestamente para mejorar la caligrafía sin ningún placer, ¿tal vez por aquello de que “la letra con sangre entra”?); actividades homogéneas, elegidas por el profesor, muchas veces redundantes entre materias y sin el más mínimo atractivo para los alumnos. La práctica de los deberes escolares, en su enfoque convencional, no tiene en cuenta el bienestar de los niños y niñas, ni tampoco su motivación personal; se ha convertido en un ritual que les enseña a inhibir su curiosidad natural, sustituyéndola por un aprendizaje artificial, dirigido y controlado desde afuera. Si queremos ser honestas con nosotras mismas, deberíamos gritar que el rey va desnudo: así podríamos replantearnos el sentido de los deberes y, con la participación de los alumnos, adaptarlos a sus auténticas necesidades e intereses. 

Heike Freire

Así son los espacios donde las niñas y niños juegan de verdad: auténticos laboratorios de investigación, estudios de artistas sucios y caóticos. Ellos los necesitan, las ciudades los necesitan y también nosotras los necesitamos...




El próximo jueves 21 de abril 2016, a las 19:00, en Matadero Madrid, en el marco del festival Público Design Fest: DIÁLOGOS (educación) Central de Diseño/ cubo
"Y lo demás es el patio. Diseño de espacios exteriores en centros escolares"
. Heike Freire Salud, bienestar y aprendizaje con la naturaleza.
. Pablo García Serrano Ecólogo urbano y paisajista
. GALOPÍN Empresa de diseño de juegos
. Fernando Casqueiro Arquitecto. Doc.en la ETSAM.
. Maria Isabel Víctor Crespo Docente
Modera: Oscar Beade. Coordinador de Diseño de
Producto y profesor de la ESD.


Es sabido que nuestra sociedad atraviesa una profunda crisis de valores. Los principios en los que se asentaba nuestra visión del mundo ya no funcionan: se produce un caos, una desorientación que puede llegar a ser dolorosa. En el proceso de transformación que precede al nuevo equilibrio, son frecuentes las resistencias, los desgarros y las polarizaciones.
Tal vez por su carácter esencialmente ético, la labor educativa es muy sensible a estas tensiones. En un vaivén pendular que marea y desalienta, voces airadas preconizan, periódicamente, la vuelta a la situación anterior. A veces por convicciones ideológicas pero, más generalmente, por una absoluta falta de reflexión. Ya sea un juez que reivindica el coscorrón para restaurar el “respeto” entre padres e hijos, o un ministro que pretende resolver los problemas de acoso imponiendo disciplina, el proceso suele ser el siguiente:  1.- Un personaje público lamenta lo inaceptable de la situación actual. 2.- Recuerda cómo eran las cosas cuando él o ella era niño. 3.- Concluye, claro está, que funcionaban mucho mejor, puesto que ella misma es una excelente persona. 4.- Preconiza las viejas recetas...
Cuesta aceptar que los padres y maestros de hoy no disfrutemos de la misma autoridad que tenían nuestros antepasados. A mis abuelos sus hijos y alumnos les trataban de usted y hoy los nuestros nos llaman por el nombre de pila. Vivimos en una sociedad que se pretende democrática, tratamos de practicar otros valores. Muchas personas quieren dejar de ser autoritarias, pero se encuentran sin herramientas, no saben cómo hacerlo. Es frecuente que caigan en el laxismo, en el "dejar hacer", en la pérdida de referencias. Esto es un error, pero también forma parte del camino necesario para pasar al otro lado. Para desarrollar nuevas formas de relacionarse con los niños, niñas y jóvenes desde la intimidad, la emoción, el diálogo, los acuerdos y una autoridad natural que se ejerce, en primer lugar, sobre una misma. Así se transforma la sociedad y se construyen aprendizajes útiles para todos. Dejamos de necesitar aferrarnos a un papel y crecemos como personas. Empezamos a ser más auténticas, más "humanas". Asumimos que no sabemos, que podemos equivocarnos. En fin, que cada cual elija su camino…

Heike Freire