HIPERACTIVIDAD: EL DIAGNÓSTICO DE MODA

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 - Javier (6 años) es un torbellino, desobediente y provocador. En el cole se niega a hacer las fichas; en la consulta, no para y responde a las preguntas antes que sus padres. Sufre “Impulsividad con conducta desafiante”. “Desde que toma la pastilla no tenemos niño”, afirma su madre.
- Luis (9 años), aprende con facilidad, pero se distrae en clase, llama la atención, hace el payaso...: “mis amigos hablan y yo les contesto; entonces no escucho al profe, pero me entero igual porque repite las cosas y después las aprendo”, explica sonriendo.
- Carmen (5 años) procede de una familia “desestructurada”, con bajos ingresos y muchos problemas. En su trágica historia vital, el TDAH “es lo mínimo que le podían poner”, asegura su profesora, que la encuentra deprimida y con baja autoestima
- Tras varios abandonos, Pedro (15 años) fue adoptado, con 3 años, por una familia española: “en casa era una pelea continua: provocaciones, insultos..; yo me irritaba, le pegaba” cuenta su madre. “Desde que, a los 9, empezó a medicarse, no he vuelto a ponerle la mano encima”.
- Carlos (7 años) tiene dificultades para aprender y quedarse quieto. “No rinde” dice la maestra. Diagnosticado TDAH y tratado con Rubifén, ya no juega al balón, en el patio, con sus compañeros: “Se queda quieto y se aleja de nosotros”, comentan.
- Zoe (6 años) es una niña activa y charlatana que busca atención. Cuando sus padres deciden medicarla, la maestra había conseguido positivar su conducta: “Ahora no da problemas y hace un trabajo más cuidado, asegura, pero muchas veces está apática y cansada”
- Marta (12 años) se acaricia el cabello absorta, muy lejos de las matemáticas. El curso pasado repitió, y éste ha suspendido todas las asignaturas. Sus padres, separados hace 3 años, están desesperados. Al recibir el diagnóstico, se sienten aliviados.
- Juan Antonio (9 años) es un niño afable y tranquilo. Su maestra se queja: “no lleva el ritmo de la clase y tengo 20 niños más que atender”. El neuro-pediatra dictamina “DA”. Su madre no está de acuerdo: “es un niño normal, solo necesita más tiempo, ir más despacio
Todos estos escolares comparten un mismo destino: el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH). Más allá de las etiquetas, sus historias de fracaso escolar y problemas de conducta esconden las vivencias de individuos, familias y escuelas, con sus conflictos y dolores, y las formas en que consiguen resolverlos.

Una epidemia moderna
Descrita, por primera vez, por el doctor George Still, en 1902, la hiperactividad ha aumentado asombrosamente su incidencia, entre la población infantil de los países occidentales, en los últimos 20 años (un 300% en EEUU). El Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, elaborado por la Asociación Americana de Psiquiatría, define el TDAH, en 1980 como un síndrome conductual heterogéneo, caracterizado por dos subtipos de síntomas: una intensa actividad motora con impulsividad (Hiperactividad), y déficit de atención. Este último se relaciona con dificultades para concentrarse, cometer errores por descuido, no escuchar, no terminar las tareas, no seguir instrucciones y distraerse fácilmente. Quienes sufren de hiperactividad e impulsividad se muestran inquietos y ansiosos, hablan en exceso, se mueven constantemente, actúan sin pensar e interrumpen a los demás. Un paciente puede enmarcarse en un subtipo o en ambos. Los síntomas deben ir asociados a un grado moderado de desajuste psicológico, social o educativo, y prolongarse durante, al menos, seis meses. Los resultados académicos (especialmente suspender en primaria) son determinantes. Expertos como el doctor Russel A Barkley, consideran el TDAH una forma de inmadurez cerebral “que afecta a la memoria verbal y no verbal, la autorregulación emocional y la capacidad de organización y planificación”.
Según las estimaciones, en España lo padecen entre un 5% y 10% de los escolares; pero algunos psiquiatras afirman que un 75% de casos está todavía por identificar. Los movidos suelen ser los varones y las desatentas las niñas; los primeros cuadriplican en porcentaje a las segundas. Son chavales intranquilos, que hacen las cosas sin pensar, no aprenden, no siguen el ritmo ni acatan las normas…Terminan creciendo en un ambiente hostil: riñas, castigos….Sus padres están desbordados, sus maestros se sienten incapaces de cumplir su función; incluso sus compañeros les rechazan. Entran en una espiral de fracaso”, explica Fátima Guzmán, Presidenta de la Fundación Educación Activa.   

A medida que crece el número de afectados, se hace evidente el desconocimiento por parte de la población, en general, y de los profesionales de la infancia en particular: un 60% de los profesores confiesan no disponer de suficiente información sobre el tema: “¿Son los tontos (lentos, inatentos) y los malos (oposición, exceso de movimiento) de antes, en versión científica?” se pregunta Ana, maestra de infantil.   
La ignorancia y, paradójicamente, la mediatización del síndrome, corren parejas  al desconcierto, por la controversia entre los expertos: unos defienden que se trata de una enfermedad crónica, genética y hereditaria en un 70% de los casos; otros lo consideran simplemente un conjunto de síntomas que responden al mismo tratamiento: el methylphenidato, un psico-estimulante que favorece la concentración, pero no cura, es altamente adictivo y posee numerosos efectos secundarios. 
Actualmente, los científicos no disponen de un examen objetivo que confirme su base biológica: “Realizamos un estudio neurológico  (exploración, electroencefalograma, análisis del sueño, TAC y resonancia) para descartar un posible daño orgánico; el 99% de estos niños son normales”, explica Marisa, neurofisióloga en un hospital madrileño. Ni las pruebas de imagen, ni los estudios de herencia biológica permiten establecer un diagnóstico fiable: “El origen genético es una mera hipótesis, y las neuro-imágenes están en estudio, sin resultados concluyentes” asegura la doctora Eglée Iciarte, profesora de la Universidad de Alcalá de Henares. Bernad Golse, Jefe de servicio en el Hospital Necker de París, concluye: “no está claro si se trata de un síntoma, de un síndrome o de una enfermedad”.
En 1999, el doctor Fred Baughman, neurólogo infantil, desató la polémica acusando  directamente a la industria farmacéutica americana de “crear ilusiones de biología y enfermedad”. Para este especialista, el TDAH es una condición psicogénica (es decir no orgánica), producto de las tensiones de la vida cotidiana, como la ansiedad, o el estrés.
El diagnóstico se completa con una serie de test y cuestionarios. Padres y profesionales valoran la conducta de los niños como si no estuvieran involucrados en la situación: “se adopta un punto de vista individual, no sistémico, del problema”, asegura Beatriz Janin, psicoanalista y profesora de la Universidad de Buenos Aires.
Hace seis años, Eglée Iciarte manifestó públicamente su inquietud por la gran cantidad de diagnósticos equivocados (un 99% según sus estimaciones) y el uso desmesurado de fármacos: “El TDAH está de moda; se ha convertido en el cajón de sastre para muchos problemas de aprendizaje y/o de conducta”. Hoy, el número de falsos casos ha bajado al 30%, pero los expertos insisten en la necesidad de realizar un análisis cuidadoso, antes de emitir un veredicto que puede convertirse en una etiqueta colgada de por vida en la espalda de un niño.  
Con diversos enfoques, el tratamiento suele consistir en una combinación de terapia psicológica, pedagógica, farmacológica y educación de los padres. “Su éxito depende de la buena coordinación entre familia, escuela y profesionales”, asegura Fátima Guzman.

El problema de la “normalidad
Según el doctor Breggin, gran parte de los síntomas del TDAH son expresiones normales de niños aburridos, frustrados, asustados, enojados, traumatizados, indisciplinados o solitarios. Los protocolos les describen como “más activos e impulsivos de lo normal para su edad”, pero la normalidad depende de coordenadas históricas, sociales y culturales: lo que resulta “natural” en una época, se considera una desviación en otra. La tolerancia de una comunidad hacia la agitación de los niños se funda, en criterios educativos y sobre una representación particular de la infancia”, explica Bernard Gosel.
¿Qué es lo que ha cambiado?: Nuestra sociedad envejecida está olvidando lo que significa ser niño”, reflexiona Jose Carlos Tobalina; “no entendemos sus necesidades, ni aceptamos sus puntos de vista. Al impedirles expresarse, estar presentes, pierden la atención”. Para este educador, un niño con Déficit de Atención está “mal atendido; no mal cuidado en lo material, sino no respetado”.
El TDAH no es, desgraciadamente, la única “rareza” en una escuela convertida en mosaico de “anomalías” que traducen nuestra dificultad para vivir las diferencias, sin temor y sin la necesidad de marcarlas y separarlas. Etiquetas que amenazan transformar prevención y tratamiento en una forma de predicción estilo Pigmalión; hacer de los problemas una realidad probada, en lugar de contribuir a resolverlos.  

El resto del artículo puede leerse en la revista "Cuadernos de Pedagogía", num 419, Enero 2012. http://www.cuadernosdepedagogia.com/ver_pdf.asp?idArt=15121

Heike Freire

Pedagoga

"Quien se aleja de la naturaleza, se aleja también de sí mismo. Jamás podrá beber el agua fresquísima que mana de su fuente más íntima". Friedrich Nietzsche.

3 comentarios:

  1. Siempre odié las etiquetas, lo único que consiguen, además de estigmatizar a las personas es un sesgo de autocumplimiento, los niños que antes eran simplemente "desinquietos" ahora tienen TDAH... Creo que es necesario un abordaje sistemico del actual modelo educativo sobre todo en el hogar, donde ha cambiado radicalmente la realidad cotidiana.

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  2. Estoy totalmente de acuerdo contigo, Manolo. La realidad cotidiana de niños y niñas ha cambiado mucho en los últimos 30/40 años. Para cumplir sus funciones, familia y escuela necesitan adaptarse a estas trasformaciones desde un enfoque sistémico, como bien dices. Los problemas casi siempre son mucho más complejos de lo que imaginamos, y las soluciones "rápidas", suelen perder de vista lo esencial..
    Precisamente de soluciones rápidas, o como dicen los ingleses "quick fix", trata el último libro de Carl Honoré que saldrá a la venta, según parece, en primavera. Ya tengo ganas de leerlo!
    Un abrazo

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  3. Siempre es un placer leer a Carl Honoré, su elogio de la lentitud es de esos libros que dejó huella en mí cuando lo leí, así que no me pierdo el nuevo.
    Un saludo.

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