EDUCAR PARA CUIDAR LA VIDA. Publicado en el periódico ESCUELA

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A juzgar por la situación de desmoronamiento social que atravesamos, y aunque no existan pruebas para medirla, parece claro que si algo falla en este país (más que las matemáticas o el lenguaje) es la inteligencia ética.  Pero ¿cómo y hasta qué punto se puede entrenar esta capacidad? ¿Nacemos con un sentido moral, o este es el resultado exclusivo de la educación y la socialización?
La mayor parte de las tradiciones, especialmente religiosas, consideran al ser humano intrínsecamente “malo”. Por eso suele decirse que a los niños y niñas tenemos que enseñarles “lo que está bien y lo que está mal”, a riesgo de incurrir en esas frecuentes incoherencias entre lo que pensamos, y exigimos de los demás, y lo que realmente hacemos. Algo más “positiva”, la psicología clásica de Freud a Piaget, entiende que carecemos de conciencia ética hasta, por lo menos, los diez años. Los estudios postulan que, en el proceso de crecimiento, atravesamos cinco estadios de esa conducta: amoral, interesada, conformista, irracional-consciente y racional-altruista. Si bien, la mayoría de nosotros se estanca en la adolescencia (etapas conformista e irracional-consciente) y solo unos pocos desarrollan una auténtica actitud altruista, es decir, se preocupan por el bienestar de los demás y actúan en consecuencia. Algunos investigadores, sin embargo, cuestionan la visión evolutiva, y encuentran ejemplos de altruismo incluso en niños menores de 4 años. Hasta los bebés de seis meses parecen estar preparados para realizar juicios morales y tratan de ayudar, por ejemplo, llorando cuando sus padres discuten. Según estos autores, nacemos con una especie de código ético embrionario que es distorsionado por entornos que no satisfacen nuestras necesidades auténticas ni promueven valores de cuidado y protección de la vida. Conforme a esta hipótesis, el comportamiento ético natural tiene poco que ver con la noción intelectual de “justicia”. Más bien es el resultado de una “ética del cuidado” (Carol Gilligan), de tipo emocional e inherente a la vida, que se preocupa por el bienestar de las personas en vez de por la aplicación estricta y “objetiva” de una norma. Hoy las leyes se muestran incapaces de eliminar, por ejemplo, las graves desigualdades sociales que tenemos. Si, como los niños pequeños, los adultos buscáramos el bienestar de todos, pondríamos en el centro de nuestros desvelos el amor y el cuidado de la vida. Tal vez sea el momento de empezar a practicarlo.

Heike Freire

Pedagoga

"Quien se aleja de la naturaleza, se aleja también de sí mismo. Jamás podrá beber el agua fresquísima que mana de su fuente más íntima". Friedrich Nietzsche.

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