HAMBRE DE CARICIAS

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Solo en los últimos cuatro años, la Comunidad de Madrid dice haberse gastado la friolera de ocho millones tres cientos mil euros en nuevas tecnologías para la escuela. El último grito son las “tabletas”, destinadas a sustituir a los libros de texto desde primaria. Según informa el diario ABC, los dispositivos electrónicos mejoran “el rendimiento de los alumnos”, incluso de aquellos con Trastornos del Espectro Autista (TEA) que aparecen en la foto concentrados y sonrientes, acariciando una pantalla.
He dedicado buena parte de mi vida profesional a la infancia y, francamente, si me pidieran una lista de las principales necesidades que tiene una persona de 6 años, “rendir” y “manejar una Tablet” ni siquiera aparecerían. Por eso, al leer artículos como éste, no puedo evitar preguntarme: ¿de veras piensan los gestores educativos en los niños y niñas cuando deciden invertir esas ingentes cantidades en aparatos para “modernizar” la educación?... 
El poeta José Bergamín solía decir que "detrás de un patriota hay siempre un comerciante", frase que tal vez explique esa actitud, fría y distante, pendiente solo de las cifras, sin ninguna empatía hacia la gente pequeña, que demuestran algunos administradores. 
Pero, ¿y las educadoras?, ¿por qué sucumben ellas también a los seductores brillos del “progreso”?. Puedo barajar varias hipótesis pero, francamente, ninguna me satisface. Y solo me consuela pensar que no son todas: muchos centros apuestan por una auténtica innovación pedagógica, más allá de la incorporación acrítica de las nuevas tecnologías. Escuelas como la de Carmen, directora de un pequeño CEIP en la periferia madrileña, lo tienen muy claro: “Nuestros niños necesitan sobre todo contacto físico y emocional, algo que resulta imposible darles si están centrados en una pantalla. Por eso, tras reflexionar, decidimos utilizarlas solo en determinados momentos, siempre de forma colectiva y con las maestras cerca”. Escuchándola recordé a Eric Berne, creador del Análisis Transaccional, para quien todos los seres humanos tenemos “hambre de caricias”, una necesidad esencial de ser tocados (y reconocidos) por los demás a través del contacto piel a piel, pero también de una mirada cálida, una presencia afectuosa o una atención sincera… Y aunque, en ocasiones, pasemos el dedo por la superficie de una pantalla tal vez buscando con inocencia, el retorno de esa caricia, está claro que nunca será lo mismo.
Heike Freire
Publicado en el periódico Escuela


Heike Freire

Pedagoga

"Quien se aleja de la naturaleza, se aleja también de sí mismo. Jamás podrá beber el agua fresquísima que mana de su fuente más íntima". Friedrich Nietzsche.

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