El jardín secreto: una escuela en los bosques escoceses

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Los pequeños pies de Allystor se mueven con agilidad por la tierra húmeda y tierna. Sortean los troncos de los árboles, saltan entre las piedras y las ramas caídas, se deslizan o “escalan” por las pendientes. Con su mochila al hombro, su anorak y su osito de peluche fuertemente agarrados, mi improvisado guía se vuelve, de vez en cuando, para vocear algún consejo: “¡cuidado con el agujero!”, “esto resbala”, “¡vamos, es por aquí!”. Perdida en el bosque, sin cobertura y a punto de abandonar mi proyectada visita al “Jardín Secreto”, (una escuela infantil, a dos horas de Edimburgo), Allystor y su madre, que llegaban tarde, me rescataron: “Hoy están en la zona del árbol hueco. Mi hijo conoce el camino”, dijo ella volviendo al coche. La experiencia de dejarme llevar por un niño de 6 años, en un territorio desconocido, fue un sorprendente ejercicio de confianza, muy recomendable para cualquier adulto.


La escuela nómada
¡Y llegamos!. En un claro del bosque, rodeado de robles, pinos, castaños, y fresnos, destaca un colorido grupo: son 14 niños y niñas (de 2 a 6 años) (hay 18 inscritos) y tres educadoras. Preside la reunión un viejo plátano con un enorme agujero en la base, por el que se asoman jugando algunos pequeños. Cathy Bache, una profesora de teatro que residió en Noruega, impulsó el proyecto  hace seis años, tras varias experiencias cuidando niños en la naturaleza. En cumplimiento de la legislación escocesa, que no permite crear una escuela sin un edificio, el centro comunitario de la pequeña aldea de Lethan sirve de punto de encuentro a las familias, al principio y al final de la jornada. Desde allí, los niños caminan diariamente a las colinas, en invierno (con temperaturas que rondan los 0 grados) como en verano: “El bosque es un entorno acogedor que ofrece muchas posibilidades, explica Cathy. “Hay zonas estupendas para resguardarse del viento o de la lluvia, donde la temperatura se mantiene constante”. Durante todo el año, la escuela transita, nómada, por más de 20 áreas distintas, acondicionadas y adaptadas a la climatología, con refugios naturales o tiendas. Sus pintorescos nombres expresan los juegos y la imaginación de los niños: “donde los tigres”, “el árbol de cocinar”, “la carpa amarilla”, “los columpios para pies”, “la gran hoguera” o “la tienda blanca”, que dispone además de un pequeño huerto y dos grandes arcones donde guardan material escolar y de jardinería. “Con buen tiempo, ellos eligen el lugar, según sus intereses. En caso contrario, lo decidimos nosotras”, vuelve a explicar Cathy. Aunque estamos casi a finales de junio, es el clima fresco y nublado de Escocia. Mary, otra de las educadoras, está montando un tejadillo con lona, “por si llueve”, mientras los pequeños continúan inmersos en sus juegos. En esta escuela sin paredes ni techo, los niños recuperan y desarrollan su conexión innata con la naturaleza; gracias a ella, refuerzan también el contacto consigo mismos, la claridad con que perciben su cuerpo, sus pensamientos, sentimientos y deseos. Mediante la exploración y el juego espontáneo, van construyendo vivencias y experiencias concretas y directas, en un entorno amplio y respetuoso.

Puedes continuar leyendo este artículo de Heike Freire en el nº 407 de la revista Cuadernos de Pedagogía (www.cuadernosdepedagogia.com) dedicado a la Infancia hoy.

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Heike Freire

Pedagoga

"Quien se aleja de la naturaleza, se aleja también de sí mismo. Jamás podrá beber el agua fresquísima que mana de su fuente más íntima". Friedrich Nietzsche.

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