Félix y la necesidad de vínculo con la naturaleza

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Intervención en la presentación de los talleres "Félix en tu escuela".
Agradecida por la invitación y encantada de estar aquí para hablar de infancia y naturaleza, dos de las “cosas” que más me apasionan. Así que voy a empezar evocando mi niñez.
Aunque ha pasado mucho tiempo, aún recuerdo la voz grave y pausada de Félix resonando en la oscuridad brillante de nuestro salón. Acurrucados en el sofá, como miles de otras familias españolas, niños y adultos contemplábamos fascinados la vida del hurón, del lobo o de la cabra hispánica. Sus aventuras, sus secretos nos hacían estremecer o nos llenaban de ternura, pero nunca nos dejaban indiferentes. Gracias a sus famosos programas y documentales, varias generaciones crecimos conociendo un poco más la flora y fauna de los ecosistemas ibéricos. También aprendimos a apreciarla como un valor en sí misma, a reconocer su derecho a vivir y desarrollarse con independencia de su utilidad para el ser humano y, muchas veces, a pesar de ella. Dimos un paso fundamental desde la estrechez del antropocentrismo imperante, hacia una comprensión biocéntrica, interdependiente y plenamente igualitaria del planeta.  Intuimos que era posible derribar las fronteras entre el mundo humano y el no humano, para llegar a una forma de conciencia más amplia…
La profunda visión del “Amigo de los animales” iba más allá del mero conservacionismo y superaba también la manida dicotomía naturaleza/cultura. Fue uno de los primeros en advertir las consecuencias negativas para todos los seres vivos, incluido el hombre, de un “progreso” mal entendido. Comprendía la verdadera naturaleza del ser humano, y comparaba “los problemas de los jóvenes en las sociedades avanzadas, con la sintomatología que presenta el animal de laboratorio, arrancado prematuramente de su biotopo y  enjaulado”. Félix diagnosticó con extrema precisión las consecuencias de nuestra falta de contacto con el mundo natural: “Vivimos más años que nuestros antepasados primitivos, disfrutamos de más confort que los “salvajes”, estamos casi exentos de dolor, de muchas enfermedades, del hambre, la sed y la fatiga. Pero nos reímos mucho menos que los pueblos primitivos. Nos aburrimos infinitamente más, y carecemos de la espontaneidad, el optimismo permanente y la fé en sí mismo que tiene el hombre de la naturaleza. La impresión que han sacado todos los viajeros y etnólogos que entraron en contacto por primera vez con tribus de cultura antigua, bien sea en los árticos, en los desiertos africanos o en la estepa australiana, es la de su permanente felicidad, alterada únicamente por los imperativos del medioambiente, imperativos a los que generalmente estaban magníficamente adaptados. Y la hospitalidad, la ayuda mutua, la sinceridad, el carácter “infantil” de los hombres de la naturaleza, son virtudes en las que coinciden todos los científicos que los han estudiado. ¿Por qué han perdido los hombres civilizados todas estas características del comportamiento que podrían encerrarse en la palabra “espontaneidad”? ¿Por qué tienen que pensar tantas veces las cosas antes de realizarlas?. Seguramente porque llevamos mil años alejados de la naturaleza.”[1]  
Aunque con más sensibilidad medioambiental, nuestra sociedad sigue avanzando en la dirección equivocada. Los niños de ayer nos hemos convertido en los padres y abuelos de hoy y, muchas veces, nos sentimos desbordados e impotentes frente a los problemas que aquejan al planeta. Dentro de unos días se celebrará, en un París devastado por los atentados, una nueva cumbre mundial sobre el cambio climático.  Quizás la octava, si no he contado mal. Mientras los niveles de CO2 en la atmósfera no dejan de aumentar. Hace un par de años, Gustave Speth, ex_asesor de la Casa Blanca comentaba: “Antes pensaba que los principales problemas medioambientales eran la pérdida de biodiversidad, el colapso de los ecosistemas y el cambio climático. Creía que en 30 años más de investigación científica podrían resolverse. Pero me equivocaba. Los principales problemas medioambientales son el egoísmo, la avaricia y la apatía. Para manejarlos necesitamos un cambio cultural, una transformación espiritual. Y nosotros los científicos no sabemos cómo hacerlo….”[2]
Creo que Félix estaría de acuerdo con el análisis de Speth. Y también coincidiría con los profesionales que entendemos esos “defectos morales” (para algunos “virtudes”) como trastornos mentales, formas de locura provocadas por un estilo de vida que nos separa de nuestro vínculo original con la tierra. Aunque no figuren en el manual diagnóstico de la Asociación Americana de Psiquiatría.
Estoy segura que estos talleres, que recuperan el legado de Félix para nuestros niños y jóvenes, aportarán su pequeño grano de arena en esa transformación cultural que tanto necesitamos.
Muchas gracias


[1] Animales Salvajes (1984). Citado en Educar en verde, p. 27
[2] Crocket, Daniel (2014): “Nature conection will be the next big human trend”. www.huffingtonpost.co.uk

Heike Freire

Pedagoga

"Quien se aleja de la naturaleza, se aleja también de sí mismo. Jamás podrá beber el agua fresquísima que mana de su fuente más íntima". Friedrich Nietzsche.

3 comentarios:

  1. Gracias por el artículo. Muy bonito.

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  2. Me alegro que te haya gustado Pedro, muchas gracias a tí por el comentario. Un cordial saludo

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