VITAMINA N PARA PREVENIR Y CURAR EL TDAH

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Más que un trastorno orgánico sólido y coherente, el TDAH es una especie de “cajón de sastre” en el que se expresan una gran diversidad de problemáticas y “malestares” que aquejan a la infancia de hoy. Las labores de prevención y tratamiento deberían incidir sobre los contextos donde crecen niños y niñas, favoreciendo especialmente el contacto con la naturaleza, una educación y un estilo de vida más saludables. 
Las personas no somos muy distintas de los árboles: nacemos y crecemos a partir de una minúscula semilla, siguiendo el curso de nuestra naturaleza; brotamos hojas y flores y, cuando estamos maduras, producimos frutos. Nuestra salud y desarrollo dependen de las condiciones del entorno: los nutrientes de la tierra, el grado de humedad, la temperatura y calidad del aire…Es evidente que también nos configuran los cromosomas pero, en el histórico debate que enfrenta a los psicólogos “partidarios de la herencia” con los “partidarios del ambiente” se impone una especie síntesis: mis genes pueden contener un potencial de, por ejemplo, “baja estatura” pero el ambiente en el que he crecido (vínculos afectivos, dieta, hábitos…) y donde me muevo (subida a una tarima, con tacones, rodeada de pigmeos…) es el que finalmente determinará mi altura. Lo mismo sucede a nivel celular: las características del medio donde se cultivan las células madre determinan tanto su salud como el tipo de tejidos (óseo, muscular, nervioso…) en los que van a diferenciarse. A lo largo de generaciones, las condiciones ambientales van modulando los rasgos genéticos: por eso, la altura media de los españoles subió al menos diez centímetros en el último siglo.
Las posibilidades de transformación de los contextos son (o deberían ser) más amplias, sencillas y eficaces que las mutaciones genéticas. Sin embargo, nuestra sociedad prefiere actuar directamente sobre los organismos mediante sustancias químicas e intervenciones quirúrgicas. Tal vez porque, como señala el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, “lo que no queremos que cambie, hoy menos que nunca, es el actual orden social”…

Un trastorno de época
El espectacular aumento del diagnóstico de TDAH entre la población infantil de los países “desarrollados” en los últimos 30 años (un 300% aprox.) podría interpretarse como el descubrimiento de una nueva dolencia, si tuviera alguna consistencia. Pero bajo el paraguas de estas cuatro siglas se engloban comportamientos muy diversos (impulsividad, hiperactividad, falta de atención…) cuyo único punto común es que responden a la misma droga, el metilfedinato. Estas conductas se denominan erróneamente “síntomas” cuando, en el estado actual de la investigación, no se ha comprobado que provengan de una patología orgánica: ni los estudios de neuro-imagen ni los de mapas genéticos permiten medir una posible anomalía cerebral y actualmente los exámenes neurológicos se utilizan precisamente para descartar esa hipótesis. Además, desde su aparición en el DSM-III (1980), la literatura científica ha apuntado a numerosos y complejos factores etiológicos: ginecológicos y perinatales, pediátricos, asistenciales, alimentarios, familiares, educativos, sociales, ambientales… Son frecuentes los diagnósticos múltiples y la confusión con otras problemáticas (dislexias, disgrafías, deterioro cognitivo, conductas desafiantes…). Las evaluaciones a menudo resultan subjetivas: una maestra encontrará a este alumno “hiperactivo” mientras que otra, en otro entorno, lo considerará “normal”. La influencia de la socialización de género (y por tanto, de la cultura más que de la biología) también es patente: entre los diagnosticados con hiperactividad predominan los niños, mientras el déficit de atención lo presentan mayoritariamente niñas…Este curioso dato no parece chocar a los especialistas que, cegados por una especie de determinismo neurológico a la moda, siguen empeñados en confundir sexo y género. También es significativo el elevado número de diagnosticados que son adoptados, proceden de familias con dificultades económicas, sociales o afectivas, tienen altas capacidades o talentos especiales no reconocidos por la escuela, atraviesan algún tipo de duelo, sus procesos madurativos son más “lentos” que la media etc…. Por otro lado, se ha comprobado que el ruido y la contaminación ambiental en las ciudades afectan negativamente al delicado cerebro infantil en desarrollo. Del mismo modo que le perjudican el exceso de sedentarismo y la sobre excitación que producen las pantallas, cada vez más presentes en la vida de niños y niñas, que no disponen de espacios ni tiempo suficiente para “descargarla” a través del juego espontáneo. Las elevadas exigencias sociales y educativas, tendentes a normalizar y homogeneizar a la población; la presión por los resultados académicos y el  consecuente estrés escolar en nuestra “sociedad del rendimiento”; la represión social del dolor y las emociones consideradas “negativas”, o el incremento en el consumo de azúcar refinado y, en general de la comida basura, sin ácidos grasos esenciales ni suficiente hierro, son otros de los múltiples factores que los expertos han relacionado con los “comportamientos TDAH”. Por eso muchos profesionales lo consideramos un simple “cajón de sastre” para una amplia variedad de dificultades sociales y de aprendizaje que aquejan a la infancia de hoy. Más que una dolencia específica y orgánica, este conjunto de respuestas hablan de los enormes esfuerzos que están haciendo las criaturas de hoy para adaptarse y crecer en entornos cada vez menos saludables, que no les permiten satisfacer necesidades básicas ancestrales de nuestra especie como el movimiento, el tacto y el contacto con la naturaleza.

 La falta de Vitamina N
Según los estudios clásicos de Psicología ambiental, las tareas que exigen una atención “dirigida” o “concentrada” (y requieren inhibir la percepción de otros estímulos, así como los impulsos y pensamientos “inadecuados”) producen fatiga. En estas situaciones, individuos no diagnosticados con TDAH muestran temporalmente muchos de los comportamientos atribuidos al trastorno. Aunque uno sería “permanente” y el otro “temporal” (desaparece cuando descansamos) los “síntomas” del déficit de atención y de la fatiga de atención son muy similares, e incluso se utilizan escalas semejantes para medirlos. Se ha demostrado que los entornos naturales ayudan a recuperar nuestra atención (o como dicen Rachel y Stephen Kaplan a “restaurarla”), porque alivian la tensión que supone focalizarnos en unos pocos estímulos. El bienestar que experimentamos después de pasar tiempo en la naturaleza (ya sea dando un paseo por el campo, visitando un parque, plantando un huerto, mirando árboles desde la ventana o contemplando la foto de un paisaje) puede ser fruto de ese “efecto restaurador” que según los investigadores mejora al mismo tiempo otros procesos cognitivos como el pensamiento y la memoria.
La naturaleza tiene también un “efecto moderador” o amortiguador del malestar que causan acontecimientos estresantes en la vida de niños y adultos, como problemas laborales y económicos, conflictos y duelos familiares, exigencias escolares excesivas etc…
Si los entornos naturales mejoran los procesos cognitivos y el grado de bienestar y relajación de individuos no diagnosticados, ¿es posible que también ayuden a los afectados?. ¿Las personas con TDAH podrían simplemente ser más sensibles que el resto de la población a la fatiga de atención y al estrés?. Con estas hipótesis, el Laboratorio del Paisaje y la Salud Humana de la Universidad de Illinois (USA) ha realizado recientemente una serie de experimentos que muestran cómo las actividades y el juego espontáneo al aire libre reducen significativamente las dificultades típicas del TDAH. Después de pasar tiempo en la naturaleza, niños y adolescentes diagnosticados con el trastorno muestran con menor frecuencia esas conductas y muchos llegan a limitar o incluso a abandonar definitivamente la medicación.  En uno de estos estudios, los padres puntuaron los efectos de 49 tipos de actividades distintas (pasear, leer, correr...), sobre los comportamientos de hiperactividad, falta de atención e impulsividad de sus hijos. Las actividades se clasificaron en tres tipos: realizadas en espacios interiores, al aire libre en medio ambiente construido y en entornos verdes. Estas últimas son las que más contribuyeron a reducir los síntomas.
En otro estudio, los niños con TDAH fueron evaluados en un entorno controlado después de “dar una vuelta” por uno de los tres ambientes clasificados según el “grado de verde”: un parque, un barrio y una zona residencial tranquila.  Los hallazgos confirman que después de jugar en un medio natural las criaturas son más capaces de concentrarse, completar una tarea y seguir instrucciones. Sus funciones de atención mejoran considerablemente, así como también su nivel de relajación y su capacidad de autocontrol. Cuanto más naturales son los espacios y con mayores índices de biodiversidad, mejores los resultados. La vitamina “N”, (en palabras del escritor Richard Louv), tiene un efecto positivo incluso cuando los resultados con otros tratamientos son limitados. Además, esta terapia es ampliamente accesible, no genera costes, no estigmatiza y no tiene efectos secundarios…
Tal vez por eso, algunos pediatras prescriben un “descanso” de la medicación durante las vacaciones y/o los fines de semana. Y muchos analistas consideran el metilfedinato una “droga del estilo de vida” (como los antidepresivos, los somníferos o los medicamentos para adelgazar), necesaria para adaptarse a una forma de vivir (y de aprender) que es, en sí misma, paradójicamente, enferma.
Todas estas investigaciones apuntan las ventajas de introducir cambios sustanciales en los ambientes donde crecen y se desarrollan niños y niñas, diseñando entornos escolares que contribuyan a satisfacer sus necesidades auténticas y a mejorar sus condiciones de vida. Escuelas que ayuden a minimizar sus sufrimientos, en lugar de contribuir a acrecentarlos… y un sistema educativo que vuelva a poner en el centro de su labor el bienestar de los alumnos.

¿Qué hacer concretamente en la escuela?
Adaptar las características y estructura de la institución escolar para atender a las necesidades que niños y niñas no pueden satisfacer en el mundo “moderno” ayudaría a prevenir muchas dificultades de aprendizaje y comportamiento e incluso podría tener un efecto terapéutico. ¿De qué necesidades y adaptaciones estamos hablando? . Aunque con limitaciones de espacio, vamos a ofrecer algunas pistas.
 
Fomentar el movimiento autónomo
Seguramente es la primera vez en la historia de la humanidad que vivimos de una forma tan completamente sedentaria. Los niños de hoy pasan aproximadamente el 76% del tiempo sentados o acostados. Sus dificultades para estar quietos no representan una involución en las habilidades del ser humano, sino más bien todo lo contrario. El movimiento es una necesidad fisiológica tan esencial como comer o dormir. Contribuye a la madurez del sistema nervioso, regula el nivel de activación energética, agudiza nuestros sentidos y desarrolla la inteligencia y la creatividad.  Estudios noruegos confirman que algo tan sencillo como ir andando o en bici al cole, mejora la atención y la impulsividad: los alumnos están más atentos, concentrados, relajados y rinden mejor.  Además, contra lo que suele creerse, pensar moviéndose favorece la conexión mente-cuerpo y consolida un aprendizaje más profundo. Todo lo que potencie el movimiento y la actividad autónoma en el aula o fuera de ella, como el trabajo con materiales concretos, en pequeños grupos, la observación de campo o los proyectos pluridisciplinares, puede ser beneficioso.  
Enseñar desde la atención plena
Muchos maestros utilizan la repetición para asegurarse que los conocimientos quedan “grabados” en la mente del alumno. Pero esto favorece la rutina, la pasividad y las respuestas automáticas. Transmitir procesos de creación vivos, en lugar de hallazgos pasados y contenidos muertos, animar a los alumnos a imaginar otros puntos de vista y permitirles que se apropien las enseñanzas a partir de sus intereses y motivaciones son maneras de conseguir que se mantengan presentes, despiertos y activos.
Frenar el consumo de pantallas
Uno de los elementos principales del modo de vida sedentario son las pantallas. Debido a la intensidad y velocidad de sus estímulos, la sobredosis de tecnología provoca un estado de alerta permanente que produce fatiga atencional y al mismo tiempo agitación, ansiedad y estrés. Algunas investigaciones han encontrado una correlación entre el tiempo de pantalla, en la primera infancia, y la probabilidad de presentar “conductas TDAH” unos años más tarde. Las escuelas deberían gestionar la tecnología con racionalidad y ofrecer a los padres información y formación sobre los peligros de un consumo excesivo.
Abrir la escuela a la naturaleza
Hay muchas formas de fomentar el contacto con la naturaleza desde la escuela, por ejemplo: organizar excursiones a espacios naturales, utilizar parques y naturaleza próxima al centro para realizar actividades o embarcarse en la transformación de los patios escolares para convertirlos en jardines, bosquecillos, huertos y granjas. Más allá de una simple labor decorativa, se trata de un proceso de cambio profundo que afecta a la forma en que se organizan tiempos y espacios en la escuela y se acompañan y validan aprendizajes. En la práctica es posible impartir todo el currículo de infantil, primaria y secundaria en entornos naturales.
Favorecer el juego libre
El juego espontáneo, especialmente al aire libre, es uno de los principales factores de salud y bienestar para la infancia: regula los estados de ánimo, alivia el estrés, la ansiedad, la depresión, reduce la agresividad, los problemas de sueño…y ayuda a adquirir hábitos saludables. El juego brusco (peleas, persecuciones…) desempeña, según el neurocientífico Jaak Panksepp, un importante papel en la producción de dopamina, el famoso neurotransmisor que favorece la concentración: permite compensar la “inmadurez cerebral” de algunas criaturas con ritmos de desarrollo más lentos mediante la producción natural de esta sustancia. Algunos expertos señalan que un niño sano necesita al menos tres o cuatro horas diarias de juego libre. La escuela podría ofrecerles más oportunidades de juego en lugar de impedírselo con un exceso de lecciones magistrales y deberes.
Atender a la singularidad de cada persona
La falta de atención desaparece cuando al alumno le interesa lo que está aprendiendo (motivación intrínseca). La escuela debe centrarse en los gustos e intereses de los alumnos, en lugar del currículo. Que sean los auténticos protagonistas de su educación para poder elegir y decidir dentro de un sistema que valore sus capacidades, respete sus ritmos y les ayude a desarrollar sus talentos. 

Artículo publicado en la revista Cuadernos de Pedagogía, 463. Enero 2016

Heike Freire

Pedagoga

"Quien se aleja de la naturaleza, se aleja también de sí mismo. Jamás podrá beber el agua fresquísima que mana de su fuente más íntima". Friedrich Nietzsche.

5 comentarios:

  1. Un post genial y con mucha información útil que nos puede ayudar en el tratamiento con las personas con tdah, muchas gracias por compartir

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  2. Me alegro mucho, para eso está! Gracias!

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  3. Me quedo con lo de frenar el uso excesivo de las pantallas, cada vez lo vemos más normal pero si se acostumbran desde bien pequeños es algo que no les va a ayudar demasiado, muy bueno Heike

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  4. He intentado comprar tu libro sobre el TDAH pero está descatalogado. Y también tu libro de "Educar en verde" ¿cómo podría conseguirlos?

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  5. Estimada Lourdes, puedes encontrar Educar en verde en la web del editor: http://www.grao.com/llibres/educar-en-verde, o en amazon: https://www.amazon.es/Educar-verde/s?ie=UTF8&page=1&rh=i%3Aaps%2Ck%3AEducar%20en%20verde. También puedes encargarlo en muchas librerías.
    En cuanto al libro sobre el TDAH, estará disponible a partir de septiembre en la editorial Herder, revisado, actualizado y con su título original: Estate quieto y atiende: La hiperactividad y el déficit de atención desde un enfoque ambiental. Espero que los disfrutes! Un abrazo!

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