GINER O LA EDUCACIÓN DEL SER DESDE DENTRO

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“Sí señorito. A mandar que pa eso estamos”, repiten de carrerilla, con la mecánica inconsciencia de dos autómatas, Régula y Paco, protagonistas de Los Santos Inocentes, la famosa novela de Miguel Delibes, llevada magistralmente al cine por Mario Camus. Todo un retrato de la España Negra, brutal y opresora, enemiga de la razón y la inteligencia, visceralmente conservadora. Poblada de individuos conformistas y sumisos, sin derechos ni dignidad, esclavos a los que se ha arrebatado su voluntad… y hasta su alma: “esa Milana bonita”.
Un país que Giner de los Ríos y sus compañeros de la Institución Libre de Enseñanza intentaron transformar, hace más de un siglo, con dos sencillos pero poderosos remedios: educación y cultura.
La confianza en las virtudes liberadoras de la pedagogía animó, sin duda,  gran parte de sus reflexiones, acciones y desvelos: ¿Cómo enseñar a los españoles a ser dueños de sí? ¿Cómo educarlos para conseguir “lo único que nos hace falta: un pueblo adulto”? .
Pasar de la dependencia, que caracteriza la etapa infantil del desarrollo, a la plena autonomía, a la capacidad de vivir siguiendo las propias reglas, requiere algo más que números y letras, saberes y destrezas. De hecho, la acumulación arbitraria de información y conocimientos tiene, según Giner, efectos desastrosos sobre la voluntad y el entendimiento humanos: al ser incapaz de formarse ideas propias o de tomar decisiones con criterio, el juicio oscila y la conducta resulta errática e inconsistente. Quien ha sido “medio instruido” desde la coacción (ya sea en sus formas más violentas o en las más “suaves”) tendrá que llenarse de valor para atravesar el miedo al castigo, soltar la vergüenza de sentirse “inadecuado” e imperfecto, y liberarse de la culpa por no obedecer y ser “malo”. Deberá aprender a resistir, abandonar la respuesta condicionada, el “Si señorita” y empezar a rechazar esa propina, a responder con aquel “Preferiría no hacerlo” del taciturno Bartleby, en la novela de Melville. Una resistencia pacífica que el propio Don Francisco practicó, junto a sus colegas universitarios, negándose a firmar unas condiciones abusivas, a renunciar a su derecho a pensar libremente, a comerciar con lo más preciado que una persona puede poseer: “la propiedad sobre sí misma”, en palabras del filósofo alemán Max Stirner.
Giner estaba convencido que solo una auténtica “educación interior” puede contribuir a transformar nuestra sociedad. Un concepto “topográfico” con el que no solo se distancia de las meras pedagogías adaptativas, cuya intención es amoldar a  la persona a las circunstancias laborales, sociales y culturales externas; también condensa, en dos palabras, toda una filosofía, una estrategia y una práctica educativas que, desde mi punto de vista, siguen siendo, hoy en día, de rabiosa actualidad...
Educar el ser (y no solo el hacer o el conocer) desde el interior, implica un absoluto respeto al carácter único e irrepetible de cada individuo, a su capacidad de dirigir su vida, de auto-educarse. Significa permitir y apoyar la conexión, íntima e intuitiva, con  su propia sabiduría interna, con la infinita inteligencia de la vida, que cada organismo lleva dentro de sí. Contribuir al descubrimiento de los propios valores a través de una relación cercana, intelectual y afectiva, con una persona adulta. Es practicar una formación holística e integradora que favorezca la expresión de todo el potencial humano. Y favorecer la construcción de una comunidad acogedora, cuidadosa, formada por ciudadanos con conciencia moral, libres y responsables.
En pos de esta misión, Giner estaba dispuesto a entregar su vida, aunque en voz baja, sin grandes aspavientos, con la humilde y callada labor de un maestro cualquiera. 
Hoy, ciento un años después de su muerte, es preciso rendir homenaje a un profesional ejemplar (seguramente el mejor pedagogo que hemos tenido). Permitir que su mensaje, directo y sincero, nos sigua (re) moviéndo, nos devuelva al sentido, como una brújula que nos pone en camino. Más vital y, por supuesto, más cercano que Howard Gadner. También más discreto, sin ruido, como el viento cuando no sopla. Crepúsculo de los bueyes.

Heike Freire

Heike Freire

Pedagoga

"Quien se aleja de la naturaleza, se aleja también de sí mismo. Jamás podrá beber el agua fresquísima que mana de su fuente más íntima". Friedrich Nietzsche.

2 comentarios:

  1. Hola Heike,

    Encantador e inquietante artículo, como todos los anteriores.
    Con el comienzo del curso escolar de mi hija también empieza a inquietarme su educación... al menos intentar ahorrarle traumas innecesarios... ¿Qué necesidad hay de sufrir?
    También había escrito algo al respecto, más en la línea de la distopía de Farenheit 451: http://locuramoral.blogspot.com.es/2016/10/el-plan-educativo-del-centro-y-las.html

    Un placer leerte por aquí.
    Saludos!

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  2. Hola Pinedo! Gracias por tu comentario. Interesante la analagía que haces entre la agricultura (intensiva o ecológica) y la educación.
    Wilhem Reich solía decir que hay dos clases de frustraciones: las necesarias (las que trae la vida de forma natural) y las innecesarias. Desgraciadamente algunos educadores (padres y profesores) todavia piensan que hay que enseñarles a resistir a la frustración....¡frustándoles!. Obviamente esto forma parte de la poda... Algunos judíos supervivientes de los campos de concentración solían maltratar físicamente a sus hijos para enseñarles a ser fuertes...Un cordial saludo

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